viernes, 25 de enero de 2013
El Bosque
En el linde conocido del bosque se abría un
claro de hierba fresca lleno de flores silvestres. Allí estaba la casita que, a veces, se llenaba de
niños. Una escuela inventada por una mujer que hacía cuentos. Si ellos
aprendían algo o mejor dicho, recordaban algo, lo descubrían en plena
libertad. Llegaban cuando podían, se
iban cuando querían.
El bosque tenía fama de
inmenso, posiblemente ilimitado, porque nadie sabía donde terminaba y nadie
quería saber.
Se decía que en alguna parte había una
vivienda abandonada, cubierta con restos de mazapán y chocolates amargos.
Posiblemente en la zona más boscosa, como un bosque dentro de otro. En realidad
nadie conocido la había visto, nadie que recordara audaces paseos entre los
apretados pinos y cipreses, tampoco. Por ello los niños llegaban por el linde
esquivando la tentación de internarse entre aquellos árboles. Por ello,
también, el bosque alimentaba sus fantasías.
La casita, dos plantas de madera clara,
rústica e irresistiblemente hermosa,
como levantada más por sueños e imaginaciones que por arduas manos, parecía
abrazada por un balcón donde la dueña se instalaba en una mecedora aguardando a
los niños.
Esperaba sin ansiedad, en su vida ya no había prisas. Cuando los
niños aparecían tomados de las manos, se asomaba enviándoles besos y bajaba
casi flotando para abrirles la puerta. Y las clases comenzaban en cualquier
rincón de la casa, sobre alguna alfombra mullida o sobre los almohadones de
telas suaves cuyos colores se desvanecían en olvido del azul francés o del
violeta. A veces la contadora de cuentos elegía el silencio y aprendía de los niños. Ellos la llenaban de
sus propias historias cotidianas, hablaban de sus padres y de sus abuelos, de
sus travesías para llegar hasta ella. Y parecían de pájaros sus voces. Pero
cuando ella narraba sus cuentos, leídos, escuchados o inventados, el silencio y
la quietud de los niños la envolvía, sin nada más que el soplo largo de las
respiraciones.
En sus sueños, alguien que no era un niño,
la visitaba siempre. Y en la vigilia, ella lo esperaba siempre, también. En
vano.
Solía preguntarse si él sería real, si
existiría con la plenitud con que aparecía en sus aventuras nocturnas, detrás
de sus párpados. Nunca la confundía, idéntico a sí mismo.
Y estaba segura de que si él la visitara de
día, despiertos ambos, sabría reconocerlo.
Una tarde, rodeada de sus niños, mientras,
después de escuchar al viento que también
contaba historias, repartía almendras bañadas en chocolate, le
anunciaron la visita de un inspector. “Un inspector…¿de qué? No puede ser”,
pensó.
El hombre, envuelto en un sobretodo amplio,
entró de inmediato anunciando que venía de la ciudad más próxima.
-
Vengo a observar
su trabajo con estos niños.
-
Pero si mi casa
no es una escuela. Aquí se juega, nada más.
Había pensado que lo reconocería pero no fue
así. El rostro estaba oculto por la
sombra de un sombrero de ala muy ancha y fuera de moda. Pero fuere quien fuere,
le fue imposible discutir y le señaló un asiento.
-
Mire y escuche
cuanto quiera.
Los niños reían ignorando al inspector y
preguntaban si las almendras eran de la casa misteriosa del bosque.
-
Claro que no.
Jamás estuve cerca de esa casa y espero no estarlo nunca.
En un instante la cubrieron de besos aquellas
boquitas bañadas de chocolate como las almendras y se armó un revuelo de saltos y risas y así salieron y se alejaron de la casa.
Y la contadora de cuentos
quedó a solas con el inspector sin saber qué decir.
- Tomaría una taza de te – dijo él, quitándose
el sombrero.
- ¿Un inspector de qué? ¿De escuelas? Mi casa
no es una escuela.
- Parecería que si.
- Los niños me visitan cuando quieren y nos
contamos cuentos. Ellos a mí, yo a ellos, nada más.
- No se preocupe. Soy un inspector de sueños.
Atónita, lo miró bien y lo
reconoció. Nunca imaginó que sentiría miedo.
-
No te asustes de
mi – dijo él tomándole una mano.
Ella la retiró, temblando.
-
Voy por el te
–dijo.
Bebieron
en silencio. Él de su taza de te. Ella
de una copa de licor.
-
Pensé que me
conocerías – dijo él.
-
Eso creí.
-
Me has
desencantado.
-
Lo siento.
-
¿Por qué tienes
el pelo estirado, a un costado? En los sueños no te veo así.
-
Me molesta mi
pelo rizado.
-
Entonces no eres
auténtica.
Se levantó y tomó el sombrero.
-
No hay nada más
que decir.
Lo
vio alejarse de la casa sin volverse y entrar en el bosque.
Quedó
helada, con un dolor inmenso, sintiendo que había perdido algo maravilloso.
A
la noche cenó apenas, se preparó para dormir y cruzó el balcón con el cepillo
de dientes en la mano. Se sentía incorpórea como si ella misma no fuera nada
más que su camisón de seda. Al pasar le pareció que algo se movía en el linde
del bosque.
Se
sentó en el borde de la cama y, ya descalza, sintió que tenía que volver al
balcón.
Él era una silueta sombría, inmóvil, bien
delineada entre el bosque y el jardín de la casa. Ella pensó “me ha
perdonado” y se apoyó en la baranda con
una alegría que la desbordaba. Y allí quedó dejándose invadir, llenándose los
ojos con su sombra.
Ángela Cáceres Quintero
ESTUDIANTES INCONVENIENTES
Criaturas del amanecer,
flotaban en el horizonte vestidos por el sol que crecía y parecían estar bien
allí, con cierta bienaventuranza, como si no existiera la posibilidad ni el
mandato de elevarse, o perderse en las incandescencias del mediodía , o
hundirse, hechizados, en las oscuridades disimuladas del atardecer.
Era un don, una exquisita gracia poder
mirarlos. Apreciarlos, saborear su inconsciente belleza sin envidia. Porque él
hacía un tiempo que sólo podía cabalgar en los fulgores del poniente.
" Es bueno así, la certeza de que la
vida sigue. No porque me lo hayan dicho sino porque puedo verlo. Quizá, algún
día, vuelva yo también, gozozo por la levedad, sin recordar nada" , se
decía. Nada le encantaba más que la levedad desde que su cuerpo había comenzado
a encogerse y volverse pesado. Sus coyunturas solían quejarse, la línea
vertebral protestaba y todos sus músculos languidecían de nostalgia por sus
tiempos de saltos y velocidades. "Nadie prometió que no vendrían los
cambios ni el cansancio. Ahora el dormir
es más breve aunque las noches más largas. Ahora el sueño no me repara
tanto...pero, si no me lamento delante de los espejos...hasta me parece bien.
Mientras quede un tanto de luz...quiero mantenerme alerta ". Sin embargo,
el espíritu del sueño lo tomó por más tiempo esa noche y lo arrastró hasta la
vieja casa de sus padres, casa inexistente ya, y lo dejó caer en la maleza que
había asfixiado los parterres florecidos, el anciano sauce y el sendero bordeado
de álamos todavía pequeños. Tal como lo viera por última vez, con los ojos
plenos de lágrimas. En esa casa había sido
estudiante, maldito, complicado. Su padre lo maldecía por salvaje, por
preferir las ramas a los sillones, la hierba a la cama, por no sufrir vértigo
bajo las estrellas, por explorar las inmensidades frontalmente, por amar al
gato montés que se había posesionado del jardín y por parecerse a él. Y en nada
a su padre, que maldecía en voz muy alta para que el hijo escuchara y se tragara
sus maldiciones. Pero el hijo no las temía ni las tragaba, las ignoraba por
santa ignorancia, de manera que cada día se volvía más salvaje, en tanto su
padre paladeaba y se bebía su propio veneno.
La madre, casi inexistente, amaba
distraídamente al hijo, con unción de mariposa, sin sentir al montés como su
rival porque ni se daba cuenta de su presencia. Para ella el jardín no era más
que un conflicto entre malas hierbas, malezas incipientes y flores comedidas.
Solía deslizarse por los senderos enarenados bajo un sombrero inmenso y
regadera en mano, la podadera en el bolsillo del delantal. Y su otro reino era
la cocina. Allí desplegaba atención y con la mágica ayuda de sus especias y
hierbas aromáticas, expresaba su amor desprovisto de palabras, honrando con
delicias los sentidos del esposo y del hijo. Su voz era un misterio.
Pero llegó el tiempo de ser un estudiante
como todos, sujeto a programas tan alejados de sus intereses como las
estrellas. Jugó, entonces, a estudiar de otra manera, sin someterse. Los
compañeros lo encontraban aburrido algunos, otros enigmático. Las muchachas lo
espiaban por bello y distante. Los líderes, que no lograban entusiasmarlo con
nada, lo tenían por opaco y reservado. Pero los profesores lo distinguían
aunque hubieran deseado atraparlo en alguna torpeza. Demostraciones,
manipulaciones, escritos eran inobjetables y brillantes. Pero más allá de la
tarea en la clase, el chico se mantenía salvaje y silencioso. Alejado,
imperturbable como lago de montaña y guardando su voz como la madre.
Un día algo comenzó a cambiar. Pudieron ser
las maldiciones del padre, o alguno de los juegos del destino. Aunque su
historia era todavía breve y sus emociones sanas...algo generó, quizá, su
cierto orgullo. El inaccesible, el imperturbable fue entrando en un estado de
azoramiento casi perenne que lo crispaba aún más al intentar hacer una
exposición en clase. La primera conmoción la tuvo al echar de menos una de sus
lapiceras, la preferida, y el cuaderno de apuntes. Seguro de que los llevaba consigo
al dejar su casa y sintiéndose muy apenado por ambos, perdió pie. Mientras los
profesores de turno disertaban, la atención se le escapaba y detrás las manos,
revolviendo los bolsillos del pantalón, de la campera, mirando bajo su pupitre
o dando vuelta la mochila una y otra vez. Así disparado no escuchaba a ningún
profesor que intentara interrogarlo, quedando silencioso, la cabeza baja,
absolutamente lejos de la clase. Y lo
malo fue que, al volver a casa más temprano, al buscar la llave en el bolsillo
sacó la lapicera, y en la mochila que creía vacía, al fondo, yacía su cuaderno
de apuntes. Como la madre jamás escucharía el timbre y como el padre andaba
fuera en sus negocios, hubo de entrar por una de las ventanas. Cuando llegó a
su cuarto quiso alegrarse con su cuaderno y su lapicera pero sólo encontró la
llave en su bolsillo y la mochila otra vez flaca y vacía.
Esto no fue más que el comienzo. Desde
entonces, las tizas se desmenuzaban en sus manos y, si se apoyaba en el
pizarrón, si lo tocaba apenas con sus desesperados dedos, la tabla se partía y
caía sobre sus pies. Y con sólo asomarse
a los laboratorios, los frascos y tubos estallaban y los cristales volaban
peligrosamente alrededor de su cabeza. Consternados, los demás comentaban:
-
Será un castigo por su arrogancia?
-
Si se dignara ser como todos...
-
Tal vez, si se equivocara de vez en
cuando...
Pero nadie, ni los profesores, le
mostraban simpatía. Y las muchachas dejaron de admirarlo. Salvo una.
Y ya no hubo lapicera ni cuaderno que
pudiera conservar. También su biblioteca quedó repentinamente vacía porque los libros volaban por toda la casa sin
dejarse atrapar. Y cuando le echó la red a un manual de geología y logró
meterlo en una jaula, los barrotes estallaron sobre su cabeza.
Entonces,el salvaje y soberbio, el silencioso lanzó un grito. Un grito
que sacudió la casa hasta los cimientos y que duró varios días, dejándolo
exhausto a él, y aterrada a la madre,
sorprendido al padre y alborotados a los vecinos.
Cuando finalmente quedó sin aliento,
los libros volvieron pacíficamente a la biblioteca. Reaparecieron, mansos y
sumisos, cuadernos y lapiceras. Se enderezaron los pizarrones y las tizas y los
frascos se levantaron del polvo. Y el estudiante quedó libre de la maldición.
Pudo hablar fuerte o quedo según quisiera, como todos. Pudo sonreír, mirar a
los ojos de las chicas. Ganar y perder. Calificar y descalificar. De manera que
cuando, ya menos silencioso y salvaje, fue uno con todos, los objetos lo amaron
tanto como las muchachas. Especialmente una.
"Todos los recuerdos que puede
despertar un sueño" se dijo el anciano enjugando sus ojos. Contempló el
larguísimo camino de su tiempo y, de
manera inevitable, se encontró con ella. La única. La que sentía compasión por
él, la que se alegraba por él...pero que no podía sostenerle la mirada. Volvió
a ver los cóncavos y nacarados párpados, dos pétalos ocultando la inmensidad
lacustre de sus ojos. Y el color yendo y
viniendo por la hermosa cara.
-
Oh...divina mía – murmuró.
Si
ella volviera....si se pudiera escuchar su maravillosa voz contando sus
desventuras de estudiante, una vez más, como aquel lejanísimo día, ambos
sentados en la hierba, recostados en el cerco recién pintado de blanco,
respirando el perfume de las madreselvas.....
Y
la voz vino y dijo:
-
Vengo de un colegio muy distante. En
realidad, pasé por varios colegios. Yo soy la estudiante loca, según dicen. A
mí no me han perseguido maldiciones sino risas. Todavía camino en zigzag,
pateando piedras y pelotas porque los caminos juegan conmigo, se burlan, me
ponen cosas para que tropiece. Solía llegar al liceo doblada bajo mi mochila y
la vaciaba victoriosa sobre los pupitres de los profesores. Yo me divertía y
ellos no podían detenerme. Tampoco yo podía detenerme hasta levantar mi
alucinante pirámide. Amontonaba ramas, bolsitas de arena o tierra roja, flores
frescas y marchitas, caracoles, cadenitas de plata, tarros de dulce de leche,
lentes verde-agua,rosarios, malas de la India, lentejuelas, abanicos, tazas rotas,
tazas sanas, trenzas, collares, pulseras, diarios de viaje, catálogos de
vacaciones, lapiceras de oro, sortijas de boda, cuellos de encaje, botones de
diamante, cintas, zapatillas de baile, salvavidas, espejos, esponjas...por
enumerar algo. Y siempre terminaba soltando por encima un puñado de plumas que
se convertían en pájaros, un pájaro por pluma. Luego, cada pájaro se elegía el
hombro de alguien, o alguna mano, o un cráneo, una melena, un pecho...hasta que
alumnos y profesores eran totalmente tomados por la bandada. Entonces, los
pájaros más sabios se posaban en los pupitres y chicos y profesores salían
disparados por los patios y las clases
se daban en los jardines. Mis compañeros felices y los maestros furiosos. Pero
el liceo se volvía esplendoroso con tantos pájaros, todos cantando, remolinos
de alas y plumas multiplicándose contra las ventanas.....Era muy hermoso pero
los grandes no comprendían. Yo no comprendía mucho...pero no podía hacer otra
cosa. Después..todo terminaba de la misma manera. Llamaban a mi madre y le
pedían que me cambiara de colegio
-
La vivo cambiando, Sr. Director - decía mi madre – No se qué hacer con ella.
Rinde en alguna materia al menos?
-
En ninguna, señora. No atiende a
nadie.
-
No será que ustedes no enseñan lo que
mi hija querría aprender?
-
Un mago, un payaso, un bailarín
serían a propiados para su hija, señora. Pero nosotros somos serios.
Entonces mi mamá me llevaba a casa y se
ponía a buscar otro colegio.
Yo...me ponía muy triste. Era tan
hermoso tomar clase entre pájaros...Pero un día, precisamente antes de que me
trajeran a este colegio, sucedió algo. Vinieron todos los pájaros a buscarme y
me llevaron muy lejos. Con mochila y todo. Desde el aire pude ver a muchos
chicos encerrados en sus aulas, tratando de salvar sus sueños entre malezas de
palabras serias. Fue un viaje tan
lindo...Los pájaros me tomaban entre todos: un pico firme por mechón, otros picos se prendieron a mis tiradores, al
ruedo de mi falda,me tomaron por los puños de mi blusa, por la corbata, las
manos y los pies. Y yo me sentía como una pluma más! Volamos sobre muchas
ciudades, quedaron atrás tejados, cúpulas, cavernas. Finalmente me dejaron en
un bosque, muy suavemente sobre la hierba de un claro donde daba el sol y ellos
se ocultaron en la espesura. Allí, un hombre de jeans y camisa blanca, parecía
meditar. Yo estaba muy cerca de sus rodillas y, aunque me quedé muy quieta y
callada, el hombre abrió los ojos y me sonrió.
-
Qué buscas,muchacha? – me dijo, y no
parecía sorprendido.
-
No se. Me echan de todos los
colegios. A lo mejor necesito alguien que me enseñe.
-
Y qué quieres aprender?
-
No se. Pero, en todo caso...nó lo que
enseñan en esos colegios.
-
Puedes mostrarme por qué te echan?
Por
suerte yo tenía la mochila conmigo, llena de cosas nuevas. Así que levanté la
pirámide sobre la hierba.
-
Me gusta. Qué quieres decir con
semejante variedad ? Qué significa tu pirámide?
Yo no sabía que lo sabía. Pero...apenas
abrí la boca para responder....y a medida que hablaba, lo iba comprendiendo.
-
Es por la unidad y la diversidad,
señor, Todas estas cosas, dispersas, sueltas por ahí...dicen poco. Pero juntas,
unidas, son todo. Quieren expresar la riqueza y la variedad de la unidad.
-
Ah..muchachita – dijo el hombre
riendo - Algún día comprenderás de
verdad lo que estás diciendo. Pero..no temas. Vas por buen camino.
-
Y qué tengo que hacer?
-
Sigue enseñando a los que puedan ver.
Pero esmérate en aprender,también, con humildad, lo que todos aprenden. Debes
blanquear tu juguetona mente hasta que seas capaz de hacerte entender.
Entonces, el hombre me puso un dedo
índice sobre el entrecejo y me trazó una línea de luz hasta el corazón.
-
Aquí, en el corazón, está el
verdadero lugar de la inteligencia. Ama más a todos y no te creas distinta.
Reúne a los dispersos en tu corazón y no en los pupitres de los profesores.
Y...deja que los pájaros sigan siendo tus verdaderos maestros. Ellos le cantan
a la luz y también a la oscuridad. Ahora, que ellos te devuelvan a tu madre. Y,
en el próximo colegio, entra con la mochila vacía. Cuadernos, lapiceras y
algunos libros bastarán. Adiós.
Entonces...sentí como si me iluminara.
Alguien dijo que " lo esencial es invisible ", recuerdas? Así que fui
comprendiendo. Si dejo la mochila vacía....se llenará de verdad.
Así son las cosas. Y ya habrás visto
que en este colegio me he portado bien. Ya no soy loca. Pero tampoco
cuerda - terminó, sonriendo - Creo que tu también tenías algo que aprender,
no es cierto?
La voz
se fue extinguiendo como ,a su tiempo, y demasiado pronto, se extinguió
la vida de la estudiante inconveniente y loca.
Pero el amor creció con ellos y pudieron
amarse. Nadie pudo dudar que encajaban uno con otra como pocos amantes. Fue muy
triste verla desvanecerse en el horizonte cuando la llamó el atardecer porque
venía su noche. Y no hay quien pueda resistir ese llamado. Los pájaros cantaron
y se alejaron con ella. Ellos podían seguirla pero él no.
" Ahora ya soy del poniente. Cuando la
noche me llame...quizá la vea con la luz de mi último atardecer" pensaba
una y otra vez, en tanto envejecía presuroso.
Cuando el llamado vino, la luz que palidecía
sobre el anciano estudiante alumbró un
cuerpo ya muy doblado y pequeño, como si volviera a niño. No se resistió porque
deseaba irse y nacer en otra parte una vez cumplida su cita con la oscuridad.
Pero no pudo dejar de volverse hacia el otro horizonte, el del sol naciente
donde revoloteaban las almas nuevas. Entonces la vió, riendo y haciendo reír a
algunos querubines. " Esto será largo, entonces" ,pensó aún.
".... Yo me voy y ella vuelve..." Y se dejó llevar por la oscuridad,
sin esperanza, sin saber que ella, soltándose de los ángeles, se acercó tanto
como para mirarlo partir, con una promesa en su corazón.
Ángela Cáceres Quintero
DOÑA
La foto circuló por toda la región, apta
para el chismorreo y la invención. Hubo quien reconoció al hombre, a la jaula o
corral. Lo único veraz que pudo decirse fue que el armatoste estaba en el campo
de la Doña. De tanto
llamarla así nadie recordaba el nombre. Los que llegaron a verla decían que era
hermosa como una diabla, o una bruja, o como una gran puta sin chulo y sin
precio. Porque devoraba a todo peón que por su campo pasara. Los probaba,
gozaba y despedía.
Su
padre, estanciero en decadencia de mala fama y peor final, le dejó un campo mas
bien pobre, faenada ya la última vaca, y ella
tuvo que rascar y hacer rascar la tierra para sacarle provecho. Eso le
gustaba, dicen. Era una trabajadora feroz. La vida le iba en ello.
Al parecer la “Doña” no le temía a nada y
se contaba que, por las noches, se mezclaba con las caballadas fantasmales que
aterraban a todos los vecinos de Barriga Negra. Mientras los más se refugiaban
bajo sus mantas en el intento de no escuchar los espeluznantes galopes, ella se zarandeaba
montada en pelo entre los espectros.
Pero para ese tiempo de charlatanerías,
los huesos de la “Doña”, ya pelados, yacían muy hondo en la zanja donde cayó
privada de fuerzas. Capas de lodo la cubrieron y esa fue su tumba sin nombre ni
cruz.
La foto desapareció y finalmente no se
habló más.
En la estancia, ya desalambrada, no había más
que una grisácea tapera, la casa que hizo levantar el padre de la “Doña” y que,
ya finado, ella supo embellecer un tanto, en especial el lugar que se reservó
para dormir, lleno de espejos, alfombras y mantas de brocado porque para su
lugar de amoríos y pasiones hizo volar la fantasía que retaceaba para todo lo
demás. Le gustaba desnudase de a poco y contemplar en esos espejos el cuerpo
bello y exuberante que sus atuendos masculinos escondían. Pero cada hombre que
fue probando, burdo y acelerado, no se tomaba tiempo para adorar tanta
hermosura y ella, nunca plenamente satisfecha, los corría a latigazos. Así fue
que, esencialmente sola, terminó adorándose a sí misma.
Pasaron años, no tantos que opacaran su
belleza, y llegó a la estancia un mulato, casi claro, alto y bien plantado, con
mota larga y ojos renegridos, con un brillo extraño. Se podía pensar, con aquel
brillo, que era un hombre caliente y eso mismo pensó ella al verlo. Pero el
resplandor no era de fuego sino de hielo porque era un hombre resentido, con
demasiadas heridas a cuestas, incapaz de amar, salvo a su propia sombra.
La “Doña” le dio trabajo y dedicó mucho
tiempo a observarlo, yendo y viniendo entre los surcos, concentrado en el
trabajo, sin hablar con nadie. Y, como
quien no quiere la cosa, ella empezó a obsesionarse con él. Era claro que él la
esquivaba y eso la encendió más. Hasta
que un día, luego de una prolongada abstinencia, le ordenó entrar en la casa y
lo invitó a cenar.
- No
es lo propio, señora. Pero le agradezco – dijo el mulato, enfilando para el
galpón de la peonada. Y así una y otra vez.
Así fue inevitable que el capricho de la
“Doña” creciera.
- Oiga…¿será que no le gustan las mujeres? –
le dijo, saliéndole al paso.
- Me gustan. Pero yo elijo - y los ojos centellearon tanto que ella creyó
que de fuego pero no era más que el filo
del hielo que él llevaba.
- Pues yo lo elijo a usted. Entre en la casa.
Él la míró
de arriba abajo.
-
Está
bien. Usted manda.
Y él fue tal como ella soñara, la con templó
sin prisa cuando se desnudaba y se tomó tiempo para desnudarse él.
Ardió
Troya en aquella cama. Pero, al amanecer, cuando la mujer abrió los ojos, el
hombre no estaba.
A
media mañana, él apareció y le pidió la paga.
- Me
voy, señora. Yo elijo a mis mujeres.
Poco a
poco fue despidiendo a los últimos peones. Ella moriría pero la estancia
también. La casa ya estaba condenada a tapera. Solamente ella dictaba
sentencia. Y ella misma aplicaría el castigo.
Con su
instinto afilado llegó el día en que supo donde lo encontraría. Eligió el
caballo y salió en su busca.
Lo
encontró en un bar con una mocita tierna que podría ser hija de ambos, pero no
la miraba como hija, y el fuego había disuelto el hielo en sus ojos.
Nadie
movió un dedo. Nadie se atrevería a llamar al comisario. Por alguna extraña,
inmerecida razón, le tenían todos un santo respeto a la Doña. O puro miedo.
Se lo
llevó echado en el caballo, con el aliento corto y la conciencia ida.
Al
llegar a su tierra, lo bajó del caballo y lo arrastró a la jaula. No deseaba
matarlo. Las heridas sanarían y él sabría que ella era su dueña.
En
verdad, él sanó. Comprendió y no intentó escapar. Pero no pronunció palabra ni
puso los ojos sobre ella. Bebía el agua que le daba, la comida miserable, y
vaciaba tranquilo, una tras otra, las botellas que ella le dejaba.
Nunca
se sabrá quien murió primero.
Ángela Cáceres Quintero
LA AVENTURA
FINAL DEL Sr. F.
El Sr. F. hacía tiempo que no
soñaba. O mas bien que, como no los
recordaba al despertar, no podía contar ningún sueño. Su mujer , que sí podía
recordarlos, los anotaba cuidadosamente desde que comenzó a darse cuenta de que
sus sueños formaban secuencias, se continuaban uno con otro, al punto que
terminó por convencerse de que vivía dos veces al mismo tiempo. Una vida de
vigilia en la que era sin duda la Sra. F. y otra vida, onírica, en la que se
mantenía joven y completamente libre. En sus sueños, su vida amorosa era
errática y apasionada y tenía que reconocer que no se parecía mucho a la vida moderada y tranquila que llevaba
junto a su Sr. F.
-
Y yo no aparezco en tus sueños? –
solía preguntar con cierta preocupación el Sr. F.
-
No. Nunca. Ahí soy otra y no estoy
casada contigo. Ni siquiera te conozco.
" Bueno...si ni siquiera
me conoce...no puedo ofenderme",se quedaba pensando él.
Los hijos, ya grandes, se morían de risa con
esa madre que, con total inocencia, llevaba una doble vida.
-
Menos mal que mamá no se
psicoanaliza. Podría espantarse – comentaba el mayor, armando jarana.
-
A mí no me vengas con esas historias
del inconsciente y todo eso. Nadie puede reprocharme nada.
-
Pero te divertís muchísimo cada
noche.....
-
Si. Pero sin moverme de la cama.Mi
otra vida transcurre entre los brazos de tu padre.
-
A mí me parece estupendo que mamá
conozca emociones fuertes y que, aunque sea en sueños, conozca otros hombres.
Ha tenido una vida demasiado ordenada – opinaba la única hija, la menor de los
tres.
Así pasó mucho tiempo hasta que un día
el Sr. F se sentó en la cama con gran ímpetu al despertar. Miró a su mujer que
dormía con una sonrisa a su lado, apenas iluminada por la suave luz primeriza
de la mañana.
Por un instante, desconoció a su esposa. El
cielo de su mente había sido absolutamente tomado por una cara
resplandeciente. Como si un sol extraño
se le hubiera metido en los ojos. Era una cara de mujer asombrosamente blanca y
hermosa, con iris azules como lirios y pupilas dilatadas, tan profundas que
inquietaban.
A medida que la visión se fue desvaneciendo,
el Sr. F reconoció, no sin asombro que, por fin había soñado o que podía
recordar algo de un sueño.
Impresionado como estaba...estuvo a punto de
comentar su extraordinaria visión a su mujer y hasta a sus hijos, pero algo lo
detuvo. Nunca había tenido un secreto y , de pronto, le pareció muy sabroso
tener uno. Nada menos que una bellísima mujer dentro de los ojos.
Vivió ese día entre turbado y un tanto
ciego.
-
Estás muy distraído hoy. Te pasa
algo? – le preguntó varias veces su mujer.
-
Nada. Qué me va a pasar? –respondía
él.
Se
acostó nervioso preguntándose si volvería a soñar con la cara maravillosa. Y
ocurrió que, no solamente volvió a soñar, sino que vió a la mujer de cuerpo
entero, paseando muy serena por el
cielo de su mente. Primero la divisó
muy tenue, envuelta en una ropa traslúcida,evanescente y clara, tal como si
fuera lo que imaginaba como ángel. Pero
luego la imagen se volvió más diáfana y el vestido de la mujer se fue volviendo
azul profundo. Un azul que la siguió
cubriendo hasta que su misma cara se quedó también azul.
El Sr. F. volvió a despertar
maravillado. Y decidió conservar su
secreto un poco más. De pronto sintió que su vida se renovaba, como si
renaciera o si se estuviera volviendo joven.
Al tercer sueño caminó con la mujer por un
campo deconocido cubierto de flores amarillas. Creyó reconocer las flores de
mostaza que llenaban la quinta de su padre cuando era niño. Pero el campo del
sueño no era la quintita de su padre. Era un campo sin fin, interminable como
el horizonte violeta. La mujer no habló y él tampoco. No sabía que en sueños
podían percibirse los perfumes pero la mujer olía a incienso y, por un segundo,
un impulso de la brisa le hizo sentir algo de su pelo azul en la mejilla.
Caminaron mucho sin llegar a ninguna parte...salvo a su propio despertar,
abrupto y sentándose en la cama.
Y así varias noches, caminando cada vez más
tiempo y más lejos pero sin más destino que el despertar.
Sabe Dios cuanto hubiera seguido así,
dichoso de soñar, desencantado al despertar y alucinado con su secreto. Pero
una tarde, al mirarse en el espejo del baño para afeitarse, en lugar de su
cara, vió la cara completamente azul de la mujer de sus sueños.
Entonces, comenzó a inquietarse. Si la
mujer se salía del cielo de su mente...qué podría pasar? Y si tomara su casa,
si se dejara ver por su esposa...qué pasaría con su preciado secreto y, sobre
todo, con su ordenada y apacible vida?
Pero
la mujer, si bien escapó del cielo de su mente, no se dejó ver por nadie más
que por el Sr. F. y, aún así, con muchísima delicadeza. A veces no era más que
un repentino fulgor azul en la ventana, otras se deslizaba por un segundo en el
pasillo dejando una ligera estela azulada.
Pero,
las más de las veces, era un relámpago en los espejos. Con el paso del tiempo
se fue dejando ver más y mejor, al punto que el Sr. F. navegaba y se perdía en
los ojos de su aparecida. Un día sintió que se ahogaba en ellos y sintió
pánico, pero ella lo devolvió a la orilla de sus iris, sano y salvo. Desde entonces él evitó sostenerle la mirada.
En tanto,la Sra. de F. seguía soñando y
recordando sus sueños, como siempre. Sin embargo,algo empezó a cambiar. Los
hijos, en especial la hija, advirtieron que no solamente los comentaba menos,
sino que se la veía taciturna. En la cocina dejaba correr el agua con la mirada
perdida o , de pronto, se quedaba con una vaina de arvejas en la mano, como
congelada y ausente.
-
Mamá, qué te pasa?
-
Cómo? Ah...nada, hija.
-
Y tus sueños?
-
Bien. Gracias.
-
Ya no te divierten?
La
Sra. de F. se quedó mirando delante de sí. Y demoró en contestar.
-
No
- y sus ojos se llenaron de
lágrimas.
La
hija llenó un vaso con agua fresca.
-
Tómalo, mamá. No querrías hablarlo
conmigo?
La madre se sentó y, tomando de a sorbos el
agua, dijo:
- Mis sueños fueron mucho tiempo alegres y
aventureros. Caminé y bailé con muchos hombres encantadores. Era como si en mi
otra vida viviera otra juventud. En esta vida me casé muy joven...ahora creo
que demasiado joven y a tu papá no le
gustaba bailar. Ahora....todo cambió. Hace muchas noches, ya no se cuántas, que
sueño el mismo sueño.
-
Por qué ya no es divertido? Bailas
con alguien que no te gusta?
-
Ya no hay bailes en mi sueño. Sólo
hay un hombre. Creo que siempre es el mismo...aunque no puedo verle la cara.
Corre todo el tiempo delante de mí. Y yo corro detrás pero no puedo alcanzarlo.
Y por alguna razón siento un terrible amor por ese hombre. Y muchísimo dolor.
Si, hija, siento amor por un hombre desconocido y cuyo rostro no he visto. Tal
vez lo conocí en otro sueño y lo he olvidado. Pero el amor y el dolor escapan
al sueño. No se extinguen cuando
despierto. Todo el tiempo siento como una mordedura en el corazón y...ya no puedo
mirar a tu padre a los ojos. Ahora mismo... me siento morir.
Y la Sra. de F. se echó a llorar en el
regazo de su hija.
Pasó y siguió pasando el tiempo...y
los tres hijos cada vez más alarmados, con un padre que hablaba cada vez menos y parecía quedar
dormido frente a los espejos, y con una madre que lloraba por los rincones.
Llegó la primavera y los zorzales más
que cantar parecían gritar en el jardín. La hierba, los árboles, todo salía del
letargo menos el Sr. F. Y la Sra. de F. que siempre se había mantenido hermosa,
parecía marchitarse día tras día. Bajo un sombrero inmenso, trabajaba en el
jardín, rastrillaba, acomodaba la tierra, sembraba...o al menos lo intentaba,
porque las semillas se le caían de las manos y rodaban al acaso y se quedaban
donde querían ellas porque la sembradora no tenía voluntad.
A veces, pocas, ante la sorpresa de los
hijos ya que la madre no se daba cuenta
de nada, el Sr. F. decía cosas extrañas, quizá cosas que ni él sabía que había
querido decir siempre.
-
Papá está enfermo – dijo el hijo
mayor.
-
No. Está envejeciendo. Muy rápido –
dijo el del medio.
-
Ustedes no saben nada de nada. Papá
tiene un secreto. Un secreto que lo está comiendo – dijo la hija.
-
Cómo lo sabes?
-
No se. Pero soy mujer. Las mujeres
nos damos cuenta de esas cosas.
Un atardecer cálido, en que estaban cenando cerca de una ventana abierta
sobre el jardín, el Sr. F. rechazando la sopa, preguntó de repente:
-
Alguien me cantó alguna vez para
hacerme dormir?
Los
hijos se miraron sorprendidos.
- Ah...es triste que no se pueda recordar a la
madre – siguió diciendo el Sr. F. - Pero
estoy casi seguro de que nadie me cantó. Tampoco me contaron cuentos antes de
dormir. Y cómo deseaba yo que me contaran
algo ...misterioso, algo mágico antes de dormir. Las esposas tampoco
cantan, ni hacen cuentos antes de dormir.
La Sra. de F. continuó con la mirada perdida
sobre la sopa que se enfriaba.
El Sr. F. se levantó y se alejó de la mesa,
los ojos fijos en la ventana.
-
Qué fue lo que se movió allí? En el
jardín.
-
Un pájaro, me parece – dijo la hija –
Pero... hay pájaros azules?
-
Un pájaro azul...? Entonces tengo que
salir. No debe alejarse.
-
Papá...quién podría detener a un
pájaro?
-
Por favor...traigan una red...Nada
azul debe escapar de esta casa!
Y el Sr. F. salió al jardín donde bajaba
la noche, y donde todo se había puesto azul, de pronto.
-
Quiere dejarme. Ya no me deja ver su
cara. Sólo deja rastros azules...y ahora se ha convertido en un pájaro que escapa.....
Los tres hijos se miraban consternados.
-
Tal vez no era un pájaro. Algo se
movió entre las ramas del ciruelo y me pareció... - dijo la hija, de repente espantada.
Pero no pudieron detenerlo cuando el Sr.
F. les dio la espalda y se internó corriendo en el jardín. Su campera abierta
se agitaba como una extraña señal de despedida.
-
Papá! Dónde vas?
-
Nadie puede venir conmigo...Arriba,
en el escritorio les dejé algunas cosas para que me recuerden....relojes,
lapiceras,pañuelos, gemelos...retratos...y algunos libros de cuentos – les
gritó el Sr. F. sin volverse y sin dejar
de correr - No dejen de contar cuentos
de hadas a los niños, ni dejen de cantar suave por las noches....Y cuando todo
sea azul....no se resistan......No se resistan.....
Entonces la Sra. de F. lanzó un grito.
Un grito que congeló al tiempo, un grito salido del más herido corazón y, con el pecho sangrando, corrió y corrió
sin poder alcanzar al Sr. F. hasta que éste cayó desplomado sobre la hierba
azul.
- Angela Cáceres Quintero-
miércoles, 31 de octubre de 2012
Ella ni avisa ni puede ser retenida.
¿Quién es "ella"? La denigrada, ofendida, agraviada, expotada naturaleza. Cada vez da más señales de hartazgo que, pasado el natural espanto, se olvidan rapidamente sin descifrar el mensaje cada vez más elocuente, cada vez más urgente.
Cuando el episodio de las Torres Gemelas, pieza fundamental para desatar una política exterior apuntando a Oriente que no era ninguna novedad para los trajeados y uniformados conspiradores, hubo tiempo de pasar algunas advertencias. Cuando Katrina hizo de las suyas en Nueva Orleans no solamente se pudo percibir que la zona no estaba debidamente preparada para semejante eventualidad, sino que el gobierno de Bush se tomó dos días para mantenerse desentendido y demorar la ayuda (que sí fue muy rápida para detener incendios en una zona de privilegiados).
Ahora, Nueva York y alrededores nuevamente ha sido tomada por sorpresa. No hubo conspiradores. Sandy llegó e hizo de las suyas. Venía de mantener en vilo la zona caribeña, sin duda muy preparada para afrontar estos huracanes. ¿Nueva York lo estaba? No soy yo quien puede ni deba responder ésto. Si puedo dolerme solidariamente por la magnitud del desastre, quizá más fuerte en Queens o en el Bronx, aunque pocas zonas han quedado indemnes. Pienso en el sufrimiento de las personas, en los indignados de Wall Street recibiendo semejante calamidad. Seguramente otros, menos indignados, también tendrán sus sobresaltos. ¿Me atrevo a "leer" este acontecimiento como un castigo o como una revancha hacia los gobiernos de Estados Unidos groseramente despectivos frente a las consecuencias del maltrato organizado contra los bienes de la naturaleza? No. No me atrevo en absoluto. En estas cosas siempre serán los inocentes los más damnificados.
Lo que si puedo leer, desde mi propia vulnerabilidad, es que no hay seguridad ni garantías para nadie en el océano de incertidumbre en que vivimos, despreciando, los más, las medidas de prudencia que comienzan con un cuidado y respeto activo hacia nuestra Madre Naturaleza.
Pienso en seres como Sean Pen con el agua al cuello ayudando a los habitantes sureños (como lo hace, de acuerdo a sus posibilidades) con las personas dolientes de Haití, nación castigada si las hay. Pienso en muchos como él, voluntarios, bomberos, policías que, olvidados de sí mismos, se entregan a prestar ayuda, a vivir la más noble tarea de compasión y solidaridad.
Pongo mi corazón para orar y enviar Luz a los que padecen y a los que luchan, es lo que puedo hacer desde la lejanía. Ya encontraremos también maneras concretas y prácticas de socorro. Y nos mantendremos atentos. Pero ...no dejo de pensar en las tormentas de metralla y de bombas que el Imperio suelta...siempre fuera de su territorio. Esas tormentas sí pueden evitarse. Ojalá descienda sobre los violentos de este mundo, sin duda, tan enfermos, aunque sea la posibilidad de una reflexión. No se puede acusar a Sandy de musulmana ni de terrorista, ni es posible registrarla cuando se acerca a las entradas internacionales del Imperio.
Cuando el episodio de las Torres Gemelas, pieza fundamental para desatar una política exterior apuntando a Oriente que no era ninguna novedad para los trajeados y uniformados conspiradores, hubo tiempo de pasar algunas advertencias. Cuando Katrina hizo de las suyas en Nueva Orleans no solamente se pudo percibir que la zona no estaba debidamente preparada para semejante eventualidad, sino que el gobierno de Bush se tomó dos días para mantenerse desentendido y demorar la ayuda (que sí fue muy rápida para detener incendios en una zona de privilegiados).
Ahora, Nueva York y alrededores nuevamente ha sido tomada por sorpresa. No hubo conspiradores. Sandy llegó e hizo de las suyas. Venía de mantener en vilo la zona caribeña, sin duda muy preparada para afrontar estos huracanes. ¿Nueva York lo estaba? No soy yo quien puede ni deba responder ésto. Si puedo dolerme solidariamente por la magnitud del desastre, quizá más fuerte en Queens o en el Bronx, aunque pocas zonas han quedado indemnes. Pienso en el sufrimiento de las personas, en los indignados de Wall Street recibiendo semejante calamidad. Seguramente otros, menos indignados, también tendrán sus sobresaltos. ¿Me atrevo a "leer" este acontecimiento como un castigo o como una revancha hacia los gobiernos de Estados Unidos groseramente despectivos frente a las consecuencias del maltrato organizado contra los bienes de la naturaleza? No. No me atrevo en absoluto. En estas cosas siempre serán los inocentes los más damnificados.
Lo que si puedo leer, desde mi propia vulnerabilidad, es que no hay seguridad ni garantías para nadie en el océano de incertidumbre en que vivimos, despreciando, los más, las medidas de prudencia que comienzan con un cuidado y respeto activo hacia nuestra Madre Naturaleza.
Pienso en seres como Sean Pen con el agua al cuello ayudando a los habitantes sureños (como lo hace, de acuerdo a sus posibilidades) con las personas dolientes de Haití, nación castigada si las hay. Pienso en muchos como él, voluntarios, bomberos, policías que, olvidados de sí mismos, se entregan a prestar ayuda, a vivir la más noble tarea de compasión y solidaridad.
Pongo mi corazón para orar y enviar Luz a los que padecen y a los que luchan, es lo que puedo hacer desde la lejanía. Ya encontraremos también maneras concretas y prácticas de socorro. Y nos mantendremos atentos. Pero ...no dejo de pensar en las tormentas de metralla y de bombas que el Imperio suelta...siempre fuera de su territorio. Esas tormentas sí pueden evitarse. Ojalá descienda sobre los violentos de este mundo, sin duda, tan enfermos, aunque sea la posibilidad de una reflexión. No se puede acusar a Sandy de musulmana ni de terrorista, ni es posible registrarla cuando se acerca a las entradas internacionales del Imperio.
miércoles, 3 de octubre de 2012
Un gran cambio
Cuando amamos a alguien, sea humano, sea un animal (detesto la palabra mascota) como una semilla en un fruto está la potencial separación. Por eso entregar el corazón es un riesgo que requiere valor.
Al abrazar a esa criaturita suave que vi crecer a mi alrededor, iluminando la casa con su pelaje dorado y su constante misterio solía imaginar ese adiós, preguntándome quien se iría primero, él, mi tigre pequeño o yo.
Por diez años, Ángel (alias Tato) desplegó su gracia y ese misterio sin descifrar de su naturaleza felina.
En ese misterio me encontraba con Dios. Ahora Tato se fue. Duerme para siempre en un hermoso jardín entre una planta de glicinas y bajo un ciruelo. Dios en todo refleja su misterio,en cuanto no puedo explicar presumo que se encuentra Él. Ahora me dejó a oscuras. Ya no lo espío en el gato mago que me llenó de asombro. Tendré que estar atenta, consumir mi tristeza, y esperar que se deje entrever en otras criaturas, tal vez en un ciprés que me corteja, quizá en las aves que hacen señales en el cielo y que parecen enseñarme un lenguaje secreto. Aprenderé a leerlo y tal vez vislumbre al gran Misterioso de nuevo.
Gracias, bella criatura felina por cuanto me enseñaste y por la ternura con que supiste despedirte, sabiendo antes que yo que ya te estabas yendo.
Al abrazar a esa criaturita suave que vi crecer a mi alrededor, iluminando la casa con su pelaje dorado y su constante misterio solía imaginar ese adiós, preguntándome quien se iría primero, él, mi tigre pequeño o yo.
Por diez años, Ángel (alias Tato) desplegó su gracia y ese misterio sin descifrar de su naturaleza felina.
En ese misterio me encontraba con Dios. Ahora Tato se fue. Duerme para siempre en un hermoso jardín entre una planta de glicinas y bajo un ciruelo. Dios en todo refleja su misterio,en cuanto no puedo explicar presumo que se encuentra Él. Ahora me dejó a oscuras. Ya no lo espío en el gato mago que me llenó de asombro. Tendré que estar atenta, consumir mi tristeza, y esperar que se deje entrever en otras criaturas, tal vez en un ciprés que me corteja, quizá en las aves que hacen señales en el cielo y que parecen enseñarme un lenguaje secreto. Aprenderé a leerlo y tal vez vislumbre al gran Misterioso de nuevo.
Gracias, bella criatura felina por cuanto me enseñaste y por la ternura con que supiste despedirte, sabiendo antes que yo que ya te estabas yendo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
