viernes, 25 de enero de 2013


   Duración

    Hubo una vez una mujer que se aburría. De casi todo y al poco tiempo. Su destino no le daba muchas opciones aunque ella no se dio cuenta de que pudo decidir otra cosa. Como no decidió nada heredó el taller de costura de su madre y siguió cosiendo. Comía poco porque le fastidiaba cocinar, dormía menos porque al dejar de soñar perdió interés, y su mayor compromiso era entregar en el lapso acordado los vestidos que, uno tras otro, salían de sus manos y de su máquina de coser.

Lo extraño es que sus vestidos, creados sobre el cuerpo de cada clienta, eran tan originales, tan expresivos, tan hermosos que le dieron una gran fama de Maestra de Alta Costura. No consultaba la moda. La creaba. Sin embargo no era feliz. Sus vestidos eran la cura provisoria de su aburrimiento. Pero como la costura era su único, absoluto medio de vida ya que no conocía otro, inventaba vestidos que jamás usaría. De manera que, al entregar la obra terminada, volvía a sumergirse en el tedio.

   Era muy joven y se asomaba tan poco a los espejos que  se había olvidado de sí misma. Ignoraba que era bellísima porque jamás dejó acercar a nadie que se lo dijera. Sus ojos brillaban sobre las telas y los bordados sin señal alguna de cansancio y su espalda se mantenía erecta a pesar del trabajo continuo.

Y habría seguido así, por siempre, hasta que fuera llamada del otro mundo, si no fuera que hubo un hombre, cliente firme porque le encargaba los vestidos de sus amantes y tenía una nueva cada semana, que repentinamente se fijó en ella.

- Señorita, míreme.

- ¿Cómo?

- Levántese y míreme, haga el favor.

La joven obedeció muy sorprendida.

 -¿Alguna vez se puso uno de sus vestidos?

- No tengo vestidos. Los entrego todos, como a usted. Me basta con este uniforme, fresco, liviano, cómodo.

El hombre le arrancó el vestido recién terminado de las manos.

 - Póngaselo.

  - Pero si no es mío.

- Ahora si. Se lo regalo.

- No está hecho a mi medida.

- Le servirá. Obedezca.

Ella tomó el vestido y se cambió detrás de una cortina. Se miró al espejo y le pareció que miraba a una de sus clientas. El vestido le quedaba impecable, ceñido en la cintura, desplegándose en capas hasta sus tobillos. El escote, no muy prudente, descubrió un cuello de cisne. “Pero no debo ser yo”, pensó. Como tardaba, el hombre corrió la cortina y quedó deslumbrado. Olvidó no solamente a la última sino a todas sus amantes.

 - Usted no coserá más que sus propios vestidos. O podrá diseñarlos y mandarlos hacer. Usted es una reina escondida.

- ¿Está loco, señor? Perdone…

- No. Usted se vendrá conmigo. Usted es la inalcanzable mujer de mis sueños. Hace años que la persigo.

- No lo sabía, señor. Disculpe…

  En ese mismo instante ella descubrió que no estaba aburrida.




Y por esa razón se casó con él y aprendió a encargar sus vestidos. Él se desvivía por complacer todos sus deseos, todos los que ella había sofocado y olvidado y que renacían.

Fueron felices. Hasta que, poco a poco, volvió el aburrimiento y se apoderó de ella.

El marido, mayor pero con gran porte, deseado por muchas, ni se enteró de que ella se escapaba.



  Pero, noche a noche, dormido él, ella se sumergía en una apasionante vida onírica. Una vida paralela que empalidecía la de vigilia.

Al tiempo ella comenzó a dejar la casa. Miraba al marido dormido, lo besaba en la frente, se envolvía en su más exquisito vestido….y escapaba hasta su antiguo taller y se sentaba frente a su mesa de trabajo y acariciaba su máquina.

“Es que no soy una dama aburrida. Soy una trabajadora aburrida. No debí torcer mi destino”

Y pasaba sus noches allí hasta que amanecía y volvía a su cama.  

 

 

 Los Inmortales, abandonado el Olimpo definitivamente, andaban dispersos por el mundo. Nada de primicias ni libaciones, nada de ofrendas ni sacrificios. Absolutamente olvidados. Su única ocupación consistía en entretener su abrumadora inmortalidad.

  Zeus seguía promiscuo y enamoradizo y Hera aburrida de él ya no lo celaba. De tanto en tanto se prendaba de alguna chica y a la noche se metía en su cama. Ya no se convertía en cisne ni nada parecido. Le bastaba volverse invisible y agitar el sueño de la elegida y penetrarla para luego dejarla ya poseedora de su semilla divina. Así fue que el mundo se fue llenando de semidioses.

 Y ocurrió que nuestra vocacional modistilla volviendo a su casa marital de madrugada, chocó en una esquina con un joven tan increíblemente hermoso que se quedó paralizada, en contemplación. El joven se disculpó pero ella balbuceó:

- Yo fui muy torpe. Tropecé con mi falda.

El joven observó su belleza y el vestido de reina que llevaba.

- ¿Nos hemos visto antes?

-  Me parece que en sueños…

- ¡Cierto! Ya la recuerdo.

   Entonces, otro inmortal aburrido, les traspasó el corazón intrigado con la violenta historia de amor que estaba haciendo nacer en esa misma esquina.

  Como si hubieran bebido un elixir, ambos cayeron fulminados por un repentino amor. Creyeron que hacía siglos que se conocían y que, vida por vida, se buscaban soportando un enorme y pesado aburrimiento hasta encontrarse y reconocerse.

  Y la novísima historia de amor que comenzó con un esposo abandonado, una esposa fugitiva dueña de un único vestido, y un joven dedicado a recorrer los sueños imposibles de las chicas…se afirmó en una huída constante, durmiendo ambos en hoteles oscuros, en playas o en bosques. Ella no se aburrió más y él dejó de robar sueños. Pero el tiempo se dejó sentir.

Ella comenzó a decaer en tanto él seguía igual a sí mismo, extraordinariamente hermoso.

Hasta que un día ella le dijo “no puedo seguirte más, me faltan las fuerzas” . “ Pero yo no te dejaré nunca “, respondió él.

Como Tristán, él le regaló un perrito y, como Isolda, ella le dio un anillo..

-         Ahora debieras irte. Este perrillo me cuidará.

Pero él no se fue. Porque ésta es otra historia, distinta a la de Tristán e Isolda. Se puso el anillo y la cuidó con devoción.

 

 Y ocurrió, mucho tiempo después, que ella soñó con su madre, quien le dijo: “Es preciso que sepas quien eres. Tu no morirás como yo. Nunca te dije quién había sido tu padre. Ahora debes saberlo para recordar tu verdadera naturaleza”.

   Y le confesó que una noche soñó con un joven dios que la poseía. Sólo que no era un sueño, y el tal dios, descuidado, al preñarla, la metió en un lío terrible y la condenó a ser madre soltera y a trabajar de modista hasta que la hija creció y tomó su lugar.

Con un beso en la frente la madre se fue desvaneciendo.“Ahora, hija mía, sé feliz”.

 

   Y bastó recordar: la modistilla recobró toda la fuerza y la hermosura, quedándose para siempre, de igual a igual, con su amado semidiós.

 

 

“Así no vale” pensó Eros. “La felicidad eterna no hace historias”.

(Con todo, hubo un marido desafortunado y muchas chicas que no soñaron más).

 

                                Ángela Cáceres Quintero

  


                            El Bosque


   En el linde conocido del bosque se abría un claro de hierba fresca lleno de flores silvestres. Allí  estaba la casita que, a veces, se llenaba de niños. Una escuela inventada por una mujer que hacía cuentos. Si ellos aprendían algo o mejor dicho, recordaban algo, lo descubrían en plena libertad.  Llegaban cuando podían, se iban cuando querían.
El bosque tenía fama de inmenso, posiblemente ilimitado, porque nadie sabía donde terminaba y nadie quería saber.
   Se decía que en alguna parte había una vivienda abandonada, cubierta con restos de mazapán y chocolates amargos. Posiblemente en la zona más boscosa, como un bosque dentro de otro. En realidad nadie conocido la había visto, nadie que recordara audaces paseos entre los apretados pinos y cipreses, tampoco. Por ello los niños llegaban por el linde esquivando la tentación de internarse entre aquellos árboles. Por ello, también, el bosque alimentaba sus fantasías.
   La casita, dos plantas de madera clara, rústica  e irresistiblemente hermosa, como levantada más por sueños e imaginaciones que por arduas manos, parecía abrazada por un balcón donde la dueña se instalaba en una mecedora aguardando a los niños.
   Esperaba sin ansiedad,  en su vida ya no había prisas. Cuando los niños aparecían tomados de las manos, se asomaba enviándoles besos y bajaba casi flotando para abrirles la puerta. Y las clases comenzaban en cualquier rincón de la casa, sobre alguna alfombra mullida o sobre los almohadones de telas suaves cuyos colores se desvanecían en olvido del azul francés o del violeta. A veces la contadora de cuentos elegía el silencio  y aprendía de los niños. Ellos la llenaban de sus propias historias cotidianas, hablaban de sus padres y de sus abuelos, de sus travesías para llegar hasta ella. Y parecían de pájaros sus voces. Pero cuando ella narraba sus cuentos, leídos, escuchados o inventados, el silencio y la quietud de los niños la envolvía, sin nada más que el soplo largo de las respiraciones.

   En sus sueños, alguien que no era un niño, la visitaba siempre. Y en la vigilia, ella lo esperaba siempre, también. En vano.
   Solía preguntarse si él sería real, si existiría con la plenitud con que aparecía en sus aventuras nocturnas, detrás de sus párpados. Nunca la confundía, idéntico a sí mismo.
    Y estaba segura de que si él la visitara de día, despiertos ambos, sabría reconocerlo.

    Una tarde, rodeada de sus niños, mientras, después de escuchar al viento que también  contaba historias, repartía almendras bañadas en chocolate, le anunciaron la visita de un inspector. “Un inspector…¿de qué? No puede ser”, pensó.
   El hombre, envuelto en un sobretodo amplio, entró de inmediato anunciando que venía de la ciudad más próxima.
-         Vengo a observar su trabajo con estos niños.
-         Pero si mi casa no es una escuela. Aquí se juega, nada más. 
   Había pensado que lo reconocería pero no fue así.  El rostro estaba oculto por la sombra de un sombrero de ala muy ancha y fuera de moda. Pero fuere quien fuere, le fue imposible discutir y le señaló un asiento.
-         Mire y escuche cuanto quiera.
  Los niños reían ignorando al inspector y preguntaban si las almendras eran de la casa misteriosa del bosque.
-         Claro que no. Jamás estuve cerca de esa casa y espero no estarlo nunca.
  En un instante la cubrieron de besos aquellas boquitas  bañadas de chocolate como las  almendras y se armó un revuelo  de saltos y risas  y así salieron y se alejaron de la casa.
Y la contadora de cuentos quedó a solas con el inspector sin saber qué decir.
-   Tomaría una taza de te – dijo él, quitándose el sombrero.
-   ¿Un inspector de qué? ¿De escuelas? Mi casa no es una escuela.
-   Parecería que si.
-   Los niños me visitan cuando quieren y nos contamos cuentos. Ellos a mí, yo a ellos, nada más.
-   No se preocupe. Soy un inspector de sueños.
Atónita, lo miró bien y lo reconoció. Nunca imaginó que sentiría miedo.
-         No te asustes de mi – dijo él tomándole una mano.
Ella la retiró, temblando.
-         Voy por el te –dijo.


Bebieron en silencio.  Él de su taza de te. Ella de una copa de licor.
-         Pensé que me conocerías – dijo él.
-         Eso creí.
-         Me has desencantado.
-         Lo siento.
-         ¿Por qué tienes el pelo estirado, a un costado? En los sueños no te veo así.
-         Me molesta mi pelo rizado.
-         Entonces no eres auténtica.
   Se levantó y tomó el sombrero.
-         No hay nada más que decir.


Lo vio alejarse de la casa sin volverse y entrar en el bosque.
Quedó helada, con un dolor inmenso, sintiendo que había perdido algo maravilloso.

A la noche cenó apenas, se preparó para dormir y cruzó el balcón con el cepillo de dientes en la mano. Se sentía incorpórea como si ella misma no fuera nada más que su camisón de seda. Al pasar le pareció que algo se movía en el linde del bosque.
Se sentó en el borde de la cama y, ya descalza, sintió que tenía que volver al balcón.

   Él era una silueta sombría, inmóvil, bien delineada entre el bosque y el jardín de la casa. Ella pensó “me ha perdonado”  y se apoyó en la baranda con una alegría que la desbordaba. Y allí quedó dejándose invadir, llenándose los ojos con su sombra.
    
                                                            Ángela Cáceres Quintero



ESTUDIANTES INCONVENIENTES

                Criaturas del amanecer, flotaban en el horizonte vestidos por el sol que crecía y parecían estar bien allí, con cierta bienaventuranza, como si no existiera la posibilidad ni el mandato de elevarse, o perderse en las incandescencias del mediodía , o hundirse, hechizados, en las oscuridades disimuladas del atardecer.
    Era un don, una exquisita gracia poder mirarlos. Apreciarlos, saborear su inconsciente belleza sin envidia. Porque él hacía un tiempo que sólo podía cabalgar en los fulgores del poniente.
   " Es bueno así, la certeza de que la vida sigue. No porque me lo hayan dicho sino porque puedo verlo. Quizá, algún día, vuelva yo también, gozozo por la levedad, sin recordar nada" , se decía. Nada le encantaba más que la levedad desde que su cuerpo había comenzado a encogerse y volverse pesado. Sus coyunturas solían quejarse, la línea vertebral protestaba y todos sus músculos languidecían de nostalgia por sus tiempos de saltos y velocidades. "Nadie prometió que no vendrían los cambios ni el cansancio. Ahora el dormir  es más breve aunque las noches más largas. Ahora el sueño no me repara tanto...pero, si no me lamento delante de los espejos...hasta me parece bien. Mientras quede un tanto de luz...quiero mantenerme alerta ". Sin embargo, el espíritu del sueño lo tomó por más tiempo esa noche y lo arrastró hasta la vieja casa de sus padres, casa inexistente ya, y lo dejó caer en la maleza que había asfixiado los parterres florecidos, el anciano sauce y el sendero bordeado de álamos todavía pequeños. Tal como lo viera por última vez, con los ojos plenos de lágrimas. En esa casa había sido  estudiante, maldito, complicado. Su padre lo maldecía por salvaje, por preferir las ramas a los sillones, la hierba a la cama, por no sufrir vértigo bajo las estrellas, por explorar las inmensidades frontalmente, por amar al gato montés que se había posesionado del jardín y por parecerse a él. Y en nada a su padre, que maldecía en voz muy alta para que el hijo escuchara y se tragara sus maldiciones. Pero el hijo no las temía ni las tragaba, las ignoraba por santa ignorancia, de manera que cada día se volvía más salvaje, en tanto su padre paladeaba y se bebía su propio veneno.
    La madre, casi inexistente, amaba distraídamente al hijo, con unción de mariposa, sin sentir al montés como su rival porque ni se daba cuenta de su presencia. Para ella el jardín no era más que un conflicto entre malas hierbas, malezas incipientes y flores comedidas. Solía deslizarse por los senderos enarenados bajo un sombrero inmenso y regadera en mano, la podadera en el bolsillo del delantal. Y su otro reino era la cocina. Allí desplegaba atención y con la mágica ayuda de sus especias y hierbas aromáticas, expresaba su amor desprovisto de palabras, honrando con delicias los sentidos del esposo y del hijo. Su voz era un misterio.
    Pero llegó el tiempo de ser un estudiante como todos, sujeto a programas tan alejados de sus intereses como las estrellas. Jugó, entonces, a estudiar de otra manera, sin someterse. Los compañeros lo encontraban aburrido algunos, otros enigmático. Las muchachas lo espiaban por bello y distante. Los líderes, que no lograban entusiasmarlo con nada, lo tenían por opaco y reservado. Pero los profesores lo distinguían aunque hubieran deseado atraparlo en alguna torpeza. Demostraciones, manipulaciones, escritos eran inobjetables y brillantes. Pero más allá de la tarea en la clase, el chico se mantenía salvaje y silencioso. Alejado, imperturbable como lago de montaña y guardando su voz como la madre.
    Un día algo comenzó a cambiar. Pudieron ser las maldiciones del padre, o alguno de los juegos del destino. Aunque su historia era todavía breve y sus emociones sanas...algo generó, quizá, su cierto orgullo. El inaccesible, el imperturbable fue entrando en un estado de azoramiento casi perenne que lo crispaba aún más al intentar hacer una exposición en clase. La primera conmoción la tuvo al echar de menos una de sus lapiceras, la preferida, y el cuaderno de apuntes. Seguro de que los llevaba consigo al dejar su casa y sintiéndose muy apenado por ambos, perdió pie. Mientras los profesores de turno disertaban, la atención se le escapaba y detrás las manos, revolviendo los bolsillos del pantalón, de la campera, mirando bajo su pupitre o dando vuelta la mochila una y otra vez. Así disparado no escuchaba a ningún profesor que intentara interrogarlo, quedando silencioso, la cabeza baja, absolutamente lejos de la clase.  Y lo malo fue que, al volver a casa más temprano, al buscar la llave en el bolsillo sacó la lapicera, y en la mochila que creía vacía, al fondo, yacía su cuaderno de apuntes. Como la madre jamás escucharía el timbre y como el padre andaba fuera en sus negocios, hubo de entrar por una de las ventanas. Cuando llegó a su cuarto quiso alegrarse con su cuaderno y su lapicera pero sólo encontró la llave en su bolsillo y la mochila otra vez flaca y vacía.
    Esto no fue más que el comienzo. Desde entonces, las tizas se desmenuzaban en sus manos y, si se apoyaba en el pizarrón, si lo tocaba apenas con sus desesperados dedos, la tabla se partía y caía sobre sus pies.  Y con sólo asomarse a los laboratorios, los frascos y tubos estallaban y los cristales volaban peligrosamente alrededor de su cabeza. Consternados, los demás comentaban:
-          Será un castigo por su arrogancia?
-          Si se dignara ser como todos...
-          Tal vez, si se equivocara de vez en cuando...
        Pero nadie, ni los profesores, le mostraban simpatía. Y las muchachas dejaron de admirarlo. Salvo una.
        Y ya no hubo lapicera ni cuaderno que pudiera conservar. También su biblioteca quedó repentinamente vacía porque  los libros volaban por toda la casa sin dejarse atrapar. Y cuando le echó la red a un manual de geología y logró meterlo en una jaula, los barrotes estallaron sobre su cabeza.
        Entonces,el salvaje y soberbio, el silencioso lanzó un grito. Un grito que sacudió la casa hasta los cimientos y que duró varios días, dejándolo exhausto a él, y  aterrada a la madre, sorprendido al padre y alborotados a los vecinos.
        Cuando finalmente quedó sin aliento, los libros volvieron pacíficamente a la biblioteca. Reaparecieron, mansos y sumisos, cuadernos y lapiceras. Se enderezaron los pizarrones y las tizas y los frascos se levantaron del polvo. Y el estudiante quedó libre de la maldición. Pudo hablar fuerte o quedo según quisiera, como todos. Pudo sonreír, mirar a los ojos de las chicas. Ganar y perder. Calificar y descalificar. De manera que cuando, ya menos silencioso y salvaje, fue uno con todos, los objetos lo amaron tanto como las muchachas. Especialmente una.

       "Todos los recuerdos que puede despertar un sueño" se dijo el anciano enjugando sus ojos. Contempló el larguísimo camino de su tiempo   y, de manera inevitable, se encontró con ella. La única. La que sentía compasión por él, la que se alegraba por él...pero que no podía sostenerle la mirada. Volvió a ver los cóncavos y nacarados párpados, dos pétalos ocultando la inmensidad lacustre de sus ojos. Y el  color yendo y viniendo por la hermosa cara.
-          Oh...divina mía – murmuró.
Si ella volviera....si se pudiera escuchar su maravillosa voz contando sus desventuras de estudiante, una vez más, como aquel lejanísimo día, ambos sentados en la hierba, recostados en el cerco recién pintado de blanco, respirando el perfume de las madreselvas.....
Y la voz vino y dijo:
-          Vengo de un colegio muy distante. En realidad, pasé por varios colegios. Yo soy la estudiante loca, según dicen. A mí no me han perseguido maldiciones sino risas. Todavía camino en zigzag, pateando piedras y pelotas porque los caminos juegan conmigo, se burlan, me ponen cosas para que tropiece. Solía llegar al liceo doblada bajo mi mochila y la vaciaba victoriosa sobre los pupitres de los profesores. Yo me divertía y ellos no podían detenerme. Tampoco yo podía detenerme hasta levantar mi alucinante pirámide. Amontonaba ramas, bolsitas de arena o tierra roja, flores frescas y marchitas, caracoles, cadenitas de plata, tarros de dulce de leche, lentes verde-agua,rosarios, malas de la India, lentejuelas, abanicos, tazas rotas, tazas sanas, trenzas, collares, pulseras, diarios de viaje, catálogos de vacaciones, lapiceras de oro, sortijas de boda, cuellos de encaje, botones de diamante, cintas, zapatillas de baile, salvavidas, espejos, esponjas...por enumerar algo. Y siempre terminaba soltando por encima un puñado de plumas que se convertían en pájaros, un pájaro por pluma. Luego, cada pájaro se elegía el hombro de alguien, o alguna mano, o un cráneo, una melena, un pecho...hasta que alumnos y profesores eran totalmente tomados por la bandada. Entonces, los pájaros más sabios se posaban en los pupitres y chicos y profesores salían disparados por los patios   y las clases se daban en los jardines. Mis compañeros felices y los maestros furiosos. Pero el liceo se volvía esplendoroso con tantos pájaros, todos cantando, remolinos de alas y plumas multiplicándose contra las ventanas.....Era muy hermoso pero los grandes no comprendían. Yo no comprendía mucho...pero no podía hacer otra cosa. Después..todo terminaba de la misma manera. Llamaban a mi madre y le pedían que me cambiara de colegio
-           La vivo cambiando, Sr. Director -  decía mi madre – No se qué hacer con ella. Rinde en alguna materia al menos?
-          En ninguna, señora. No atiende a nadie.
-          No será que ustedes no enseñan lo que mi hija querría aprender?
-          Un mago, un payaso, un bailarín serían a propiados para su hija, señora. Pero nosotros somos serios.
       Entonces mi mamá me llevaba a casa y se ponía a buscar otro colegio.
       Yo...me ponía muy triste. Era tan hermoso tomar clase entre pájaros...Pero un día, precisamente antes de que me trajeran a este colegio, sucedió algo. Vinieron todos los pájaros a buscarme y me llevaron muy lejos. Con mochila y todo. Desde el aire pude ver a muchos chicos encerrados en sus aulas, tratando de salvar sus sueños entre malezas de palabras serias.  Fue un viaje tan lindo...Los pájaros me tomaban entre todos: un pico firme por mechón,  otros picos se prendieron a mis tiradores, al ruedo de mi falda,me tomaron por los puños de mi blusa, por la corbata, las manos y los pies. Y yo me sentía como una pluma más! Volamos sobre muchas ciudades, quedaron atrás tejados, cúpulas, cavernas. Finalmente me dejaron en un bosque, muy suavemente sobre la hierba de un claro donde daba el sol y ellos se ocultaron en la espesura. Allí, un hombre de jeans y camisa blanca, parecía meditar. Yo estaba muy cerca de sus rodillas y, aunque me quedé muy quieta y callada, el hombre abrió los ojos y me sonrió.
-          Qué buscas,muchacha? – me dijo, y no parecía sorprendido.
-          No se. Me echan de todos los colegios. A lo mejor necesito alguien que me enseñe.
-          Y qué quieres aprender?
-          No se. Pero, en todo caso...nó lo que enseñan en esos colegios.
-          Puedes mostrarme por qué te echan?
Por suerte yo tenía la mochila conmigo, llena de cosas nuevas. Así que levanté la pirámide sobre la hierba.
-          Me gusta. Qué quieres decir con semejante variedad ? Qué significa tu pirámide?
        Yo no sabía que lo sabía. Pero...apenas abrí la boca para responder....y a medida que hablaba, lo iba comprendiendo.
-          Es por la unidad y la diversidad, señor, Todas estas cosas, dispersas, sueltas por ahí...dicen poco. Pero juntas, unidas, son todo. Quieren expresar la riqueza y la variedad de la unidad.
-          Ah..muchachita – dijo el hombre riendo -   Algún día comprenderás de verdad lo que estás diciendo. Pero..no temas. Vas por buen camino.
-          Y qué tengo que hacer?
-          Sigue enseñando a los que puedan ver. Pero esmérate en aprender,también, con humildad, lo que todos aprenden. Debes blanquear tu juguetona mente hasta que seas capaz de hacerte entender.
       Entonces, el hombre me puso un dedo índice sobre el entrecejo y me trazó una línea de luz hasta el corazón.
-          Aquí, en el corazón, está el verdadero lugar de la inteligencia. Ama más a todos y no te creas distinta. Reúne a los dispersos en tu corazón y no en los pupitres de los profesores. Y...deja que los pájaros sigan siendo tus verdaderos maestros. Ellos le cantan a la luz y también a la oscuridad. Ahora, que ellos te devuelvan a tu madre. Y, en el próximo colegio, entra con la mochila vacía. Cuadernos, lapiceras y algunos libros bastarán. Adiós.
        Entonces...sentí como si me iluminara. Alguien dijo que " lo esencial es invisible ", recuerdas? Así que fui comprendiendo. Si dejo la mochila vacía....se llenará de verdad.
        Así son las cosas. Y ya habrás visto que en este colegio me he portado bien. Ya no soy loca. Pero tampoco cuerda  - terminó, sonriendo -  Creo que tu también tenías algo que aprender, no es cierto?
     La voz  se fue extinguiendo como ,a su tiempo, y demasiado pronto, se extinguió la vida de la estudiante inconveniente y loca.
  Pero el amor creció con ellos y pudieron amarse. Nadie pudo dudar que encajaban uno con otra como pocos amantes. Fue muy triste verla desvanecerse en el horizonte cuando la llamó el atardecer porque venía su noche. Y no hay quien pueda resistir ese llamado. Los pájaros cantaron y se alejaron con ella. Ellos podían seguirla pero él no.
    " Ahora ya soy del poniente. Cuando la noche me llame...quizá la vea con la luz de mi último atardecer" pensaba una y otra vez, en tanto envejecía presuroso.
   Cuando el llamado vino, la luz que palidecía sobre el anciano estudiante  alumbró un cuerpo ya muy doblado y pequeño, como si volviera a niño. No se resistió porque deseaba irse y nacer en otra parte una vez cumplida su cita con la oscuridad. Pero no pudo dejar de volverse hacia el otro horizonte, el del sol naciente donde revoloteaban las almas nuevas. Entonces la vió, riendo y haciendo reír a algunos querubines. " Esto será largo, entonces" ,pensó aún. ".... Yo me voy y ella vuelve..." Y se dejó llevar por la oscuridad, sin esperanza, sin saber que ella, soltándose de los ángeles, se acercó tanto como para mirarlo partir, con una promesa en su corazón.
                                               Ángela Cáceres Quintero


                      DOÑA



     La foto circuló por toda la región, apta para el chismorreo y la invención. Hubo quien reconoció al hombre, a la jaula o corral. Lo único veraz que pudo decirse fue que el armatoste estaba en el campo de la Doña. De tanto llamarla así nadie recordaba el nombre. Los que llegaron a verla decían que era hermosa como una diabla, o una bruja, o como una gran puta sin chulo y sin precio. Porque devoraba a todo peón que por su campo pasara. Los probaba, gozaba y despedía.
     Su padre, estanciero en decadencia de mala fama y peor final, le dejó un campo mas bien pobre, faenada ya la última vaca, y ella  tuvo que rascar y hacer rascar la tierra para sacarle provecho. Eso le gustaba, dicen. Era una trabajadora feroz. La vida le iba en ello.
      Al parecer la “Doña” no le temía a nada y se contaba que, por las noches, se mezclaba con las caballadas fantasmales que aterraban a todos los vecinos de Barriga Negra. Mientras los más se refugiaban bajo sus mantas en el intento de no escuchar los  espeluznantes galopes, ella se zarandeaba montada en pelo  entre los espectros.
       Pero para ese tiempo de charlatanerías, los huesos de la “Doña”, ya pelados, yacían muy hondo en la zanja donde cayó privada de fuerzas. Capas de lodo la cubrieron y esa fue su tumba sin nombre ni cruz.
       La foto desapareció y finalmente no se habló más.

   En la estancia, ya desalambrada, no había más que una grisácea tapera, la casa que hizo levantar el padre de la “Doña” y que, ya finado, ella supo embellecer un tanto, en especial el lugar que se reservó para dormir, lleno de espejos, alfombras y mantas de brocado porque para su lugar de amoríos y pasiones hizo volar la fantasía que retaceaba para todo lo demás. Le gustaba desnudase de a poco y contemplar en esos espejos el cuerpo bello y exuberante que sus atuendos masculinos escondían. Pero cada hombre que fue probando, burdo y acelerado, no se tomaba tiempo para adorar tanta hermosura y ella, nunca plenamente satisfecha, los corría a latigazos. Así fue que, esencialmente sola, terminó adorándose a sí misma.
      Pasaron años, no tantos que opacaran su belleza, y llegó a la estancia un mulato, casi claro, alto y bien plantado, con mota larga y ojos renegridos, con un brillo extraño. Se podía pensar, con aquel brillo, que era un hombre caliente y eso mismo pensó ella al verlo. Pero el resplandor no era de fuego sino de hielo porque era un hombre resentido, con demasiadas heridas a cuestas, incapaz de amar, salvo a su propia sombra.
  La “Doña” le dio trabajo y dedicó mucho tiempo a observarlo, yendo y viniendo entre los surcos, concentrado en el trabajo, sin hablar con nadie.   Y, como quien no quiere la cosa, ella empezó a obsesionarse con él. Era claro que él la esquivaba  y eso la encendió más. Hasta que un día, luego de una prolongada abstinencia, le ordenó entrar en la casa y lo invitó a cenar.
 -   No es lo propio, señora. Pero le agradezco – dijo el mulato, enfilando para el galpón de la peonada. Y así una y otra vez.
    Así fue inevitable que el capricho de la “Doña” creciera.
-   Oiga…¿será que no le gustan las mujeres? – le dijo, saliéndole al paso.
-    Me gustan. Pero yo elijo -  y los ojos centellearon tanto que ella creyó que de fuego pero no era  más que el filo del hielo que él llevaba.
-    Pues yo lo elijo a usted. Entre en la casa.
Él la míró de arriba abajo.
-          Está bien. Usted manda.
Y él fue tal como ella soñara, la con templó sin prisa cuando se desnudaba y se tomó tiempo para desnudarse él.
   Ardió Troya en aquella cama. Pero, al amanecer, cuando la mujer abrió los ojos, el hombre no estaba.
   A media mañana, él apareció y le pidió la paga.
-   Me voy, señora. Yo elijo a mis mujeres.
La Doña, muda, le pagó y se encerró en su cuarto. No quedó un espejo entero.

  Poco a poco fue despidiendo a los últimos peones. Ella moriría pero la estancia también. La casa ya estaba condenada a tapera. Solamente ella dictaba sentencia. Y ella misma aplicaría el castigo.
  Con su instinto afilado llegó el día en que supo donde lo encontraría. Eligió el caballo y salió en su busca.
 
  Lo encontró en un bar con una mocita tierna que podría ser hija de ambos, pero no la miraba como hija, y el fuego había disuelto el hielo en sus ojos.
  La Doña se hizo cargo y corrió a la niña a latigazos y a él le dio varios puntazos en la espalda. Ella sabía cómo herir sin matar.
  Nadie movió un dedo. Nadie se atrevería a llamar al comisario. Por alguna extraña, inmerecida razón, le tenían todos un santo respeto a la Doña. O puro miedo.

   Se lo llevó echado en el caballo, con el aliento corto y la conciencia ida.
   Al llegar a su tierra, lo bajó del caballo y lo arrastró a la jaula. No deseaba matarlo. Las heridas sanarían y él sabría que ella era su dueña.
   En verdad, él sanó. Comprendió y no intentó escapar. Pero no pronunció palabra ni puso los ojos sobre ella. Bebía el agua que le daba, la comida miserable, y vaciaba tranquilo, una tras otra, las botellas que ella le dejaba.

    Nunca se sabrá quien murió primero.

                                 Ángela Cáceres Quintero


LA AVENTURA FINAL DEL Sr. F.

      El Sr. F. hacía tiempo que no soñaba.  O mas bien que, como no los recordaba al despertar, no podía contar ningún sueño. Su mujer , que sí podía recordarlos, los anotaba cuidadosamente desde que comenzó a darse cuenta de que sus sueños formaban secuencias, se continuaban uno con otro, al punto que terminó por convencerse de que vivía dos veces al mismo tiempo. Una vida de vigilia en la que era sin duda la Sra. F. y otra vida, onírica, en la que se mantenía joven y completamente libre. En sus sueños, su vida amorosa era errática y apasionada y tenía que reconocer que no se parecía mucho a  la vida moderada y tranquila que llevaba junto a su Sr. F.
-           Y yo no aparezco en tus sueños? – solía preguntar con cierta preocupación el Sr. F.
-           No. Nunca. Ahí soy otra y no estoy casada contigo. Ni siquiera te conozco.
" Bueno...si ni siquiera me conoce...no puedo ofenderme",se quedaba pensando él.
   Los hijos, ya grandes, se morían de risa con esa madre que, con total inocencia, llevaba una doble vida.
-           Menos mal que mamá no se psicoanaliza. Podría espantarse – comentaba el mayor, armando jarana.
-           A mí no me vengas con esas historias del inconsciente y todo eso. Nadie puede reprocharme nada.
-           Pero te divertís muchísimo cada noche.....
-           Si. Pero sin moverme de la cama.Mi otra vida transcurre entre los brazos de tu padre.
-           A mí me parece estupendo que mamá conozca emociones fuertes y que, aunque sea en sueños, conozca otros hombres. Ha tenido una vida demasiado ordenada – opinaba la única hija, la menor de los tres.
       Así pasó mucho tiempo hasta que un día el Sr. F se sentó en la cama con gran ímpetu al despertar. Miró a su mujer que dormía con una sonrisa a su lado, apenas iluminada por la suave luz primeriza de la mañana.
   Por un instante, desconoció a su esposa. El cielo de su mente había sido absolutamente tomado por una cara resplandeciente.   Como si un sol extraño se le hubiera metido en los ojos. Era una cara de mujer asombrosamente blanca y hermosa, con iris azules como lirios y pupilas dilatadas, tan profundas que inquietaban.
   A medida que la visión se fue desvaneciendo, el Sr. F reconoció, no sin asombro que, por fin había soñado o que podía recordar algo de un sueño.
   Impresionado como estaba...estuvo a punto de comentar su extraordinaria visión a su mujer y hasta a sus hijos, pero algo lo detuvo. Nunca había tenido un secreto y , de pronto, le pareció muy sabroso tener uno. Nada menos que una bellísima mujer dentro de los ojos.
   Vivió ese día entre turbado y un tanto ciego.
-           Estás muy distraído hoy. Te pasa algo? – le preguntó varias veces su mujer.
-           Nada. Qué me va a pasar? –respondía él.
Se acostó nervioso preguntándose si volvería a soñar con la cara maravillosa. Y ocurrió que, no solamente volvió a soñar, sino que vió a la mujer de cuerpo entero, paseando muy serena    por el cielo de su mente.   Primero la divisó muy tenue, envuelta en una ropa traslúcida,evanescente y clara, tal como si fuera lo que imaginaba como ángel.  Pero luego la imagen se volvió más diáfana y el vestido de la mujer se fue volviendo azul  profundo. Un azul que la siguió cubriendo hasta que su misma cara se quedó también azul.
   El Sr. F. volvió a despertar maravillado.  Y decidió conservar su secreto un poco más. De pronto sintió que su vida se renovaba, como si renaciera o si se estuviera volviendo joven.
   Al tercer sueño caminó con la mujer por un campo deconocido cubierto de flores amarillas. Creyó reconocer las flores de mostaza que llenaban la quinta de su padre cuando era niño. Pero el campo del sueño no era la quintita de su padre. Era un campo sin fin, interminable como el horizonte violeta. La mujer no habló y él tampoco. No sabía que en sueños podían percibirse los perfumes pero la mujer olía a incienso y, por un segundo, un impulso de la brisa le hizo sentir algo de su pelo azul en la mejilla. Caminaron mucho sin llegar a ninguna parte...salvo a su propio despertar, abrupto y sentándose en la cama.
   Y así varias noches, caminando cada vez más tiempo y más lejos pero sin más destino que el despertar.
   Sabe Dios cuanto hubiera seguido así, dichoso de soñar, desencantado al despertar y alucinado con su secreto. Pero una tarde, al mirarse en el espejo del baño para afeitarse, en lugar de su cara, vió la cara completamente azul de la mujer de sus sueños.
    Entonces, comenzó a inquietarse. Si la mujer se salía del cielo de su mente...qué podría pasar? Y si tomara su casa, si se dejara ver por su esposa...qué pasaría con su preciado secreto y, sobre todo, con su ordenada y apacible vida?

   Pero la mujer, si bien escapó del cielo de su mente, no se dejó ver por nadie más que por el Sr. F. y, aún así, con muchísima delicadeza. A veces no era más que un repentino fulgor azul en la ventana, otras se deslizaba por un segundo en el pasillo dejando una ligera estela azulada.
Pero, las más de las veces, era un relámpago en los espejos. Con el paso del tiempo se fue dejando ver más y mejor, al punto que el Sr. F. navegaba y se perdía en los ojos de su aparecida. Un día sintió que se ahogaba en ellos y sintió pánico, pero ella lo devolvió a la orilla de sus iris, sano y salvo.  Desde entonces él evitó sostenerle la mirada.
   En tanto,la Sra. de F. seguía soñando y recordando sus sueños, como siempre. Sin embargo,algo empezó a cambiar. Los hijos, en especial la hija, advirtieron que no solamente los comentaba menos, sino que se la veía taciturna. En la cocina dejaba correr el agua con la mirada perdida o , de pronto, se quedaba con una vaina de arvejas en la mano, como congelada y ausente.
-           Mamá, qué te pasa?
-           Cómo? Ah...nada, hija.
-           Y tus sueños?
-           Bien. Gracias.
-           Ya no te divierten?
La Sra. de F. se quedó mirando delante de sí. Y demoró en contestar.
-           No  - y  sus ojos se llenaron de lágrimas.
La hija llenó un vaso con agua fresca.
-           Tómalo, mamá. No querrías hablarlo conmigo?

La  madre se sentó y, tomando de a sorbos el agua, dijo:
-   Mis sueños fueron mucho tiempo alegres y aventureros. Caminé y bailé con muchos hombres encantadores. Era como si en mi otra vida viviera otra juventud. En esta vida me casé muy joven...ahora creo que demasiado joven   y a tu papá no le gustaba bailar. Ahora....todo cambió. Hace muchas noches, ya no se cuántas, que sueño el mismo sueño.
-           Por qué ya no es divertido? Bailas con alguien que no te gusta?
-           Ya no hay bailes en mi sueño. Sólo hay un hombre. Creo que siempre es el mismo...aunque no puedo verle la cara. Corre todo el tiempo delante de mí. Y yo corro detrás pero no puedo alcanzarlo. Y por alguna razón siento un terrible amor por ese hombre. Y muchísimo dolor. Si, hija, siento amor por un hombre desconocido y cuyo rostro no he visto. Tal vez lo conocí en otro sueño y lo he olvidado. Pero el amor y el dolor escapan al sueño.   No se extinguen cuando despierto. Todo el tiempo siento como una mordedura en el corazón y...ya no puedo mirar a tu padre a los ojos. Ahora mismo... me siento morir.
        Y la Sra. de F. se echó a llorar en el regazo de su hija.


         Pasó y siguió pasando el tiempo...y los tres hijos cada vez más alarmados, con un padre  que hablaba cada vez menos y parecía quedar dormido frente a los espejos, y con una madre que lloraba por los rincones.
         Llegó la primavera y los zorzales más que cantar parecían gritar en el jardín. La hierba, los árboles, todo salía del letargo menos el Sr. F. Y la Sra. de F. que siempre se había mantenido hermosa, parecía marchitarse día tras día. Bajo un sombrero inmenso, trabajaba en el jardín, rastrillaba, acomodaba la tierra, sembraba...o al menos lo intentaba, porque las semillas se le caían de las manos y rodaban al acaso y se quedaban donde querían ellas porque la sembradora no tenía voluntad.
   A veces, pocas, ante la sorpresa de los hijos  ya que la madre no se daba cuenta de nada, el Sr. F. decía cosas extrañas, quizá cosas que ni él sabía que había querido decir siempre.
-           Papá está enfermo – dijo el hijo mayor.
-           No. Está envejeciendo. Muy rápido – dijo el del medio.
-           Ustedes no saben nada de nada. Papá tiene un secreto. Un secreto que lo está comiendo – dijo la hija.
-           Cómo lo sabes?
-           No se. Pero soy mujer. Las mujeres nos damos cuenta de esas cosas.
       Un atardecer cálido, en que  estaban cenando cerca de una ventana abierta sobre el jardín, el Sr. F. rechazando la sopa, preguntó de repente:
-           Alguien me cantó alguna vez para hacerme dormir?
Los hijos se miraron sorprendidos.
-   Ah...es triste que no se pueda recordar a la madre – siguió diciendo el Sr. F. -  Pero estoy casi seguro de que nadie me cantó. Tampoco me contaron cuentos antes de dormir. Y cómo deseaba yo que me contaran   algo ...misterioso, algo mágico antes de dormir. Las esposas tampoco cantan, ni hacen cuentos antes de dormir.
   La Sra. de F. continuó con la mirada perdida sobre la sopa que se enfriaba.
   El Sr. F. se levantó y se alejó de la mesa, los ojos fijos en la ventana.
-           Qué fue lo que se movió allí? En el jardín.
-           Un pájaro, me parece – dijo la hija – Pero... hay pájaros azules?
-           Un pájaro azul...? Entonces tengo que salir. No debe alejarse.
-           Papá...quién podría detener a un pájaro?
-           Por favor...traigan una red...Nada azul debe escapar de esta casa!
       Y el Sr. F. salió al jardín donde bajaba la noche, y donde todo se había puesto azul, de pronto.
-           Quiere dejarme. Ya no me deja ver su cara. Sólo deja rastros azules...y ahora se ha convertido en un pájaro que  escapa.....
       Los tres hijos se miraban consternados.
-           Tal vez no era un pájaro. Algo se movió entre las ramas del ciruelo y me pareció... -  dijo la hija, de repente espantada.
       Pero no pudieron detenerlo cuando el Sr. F. les dio la espalda y se internó corriendo en el jardín. Su campera abierta se agitaba como una extraña señal de despedida.
-           Papá! Dónde vas?
-           Nadie puede venir conmigo...Arriba, en el escritorio les dejé algunas cosas para que me recuerden....relojes, lapiceras,pañuelos, gemelos...retratos...y algunos libros de cuentos – les gritó el Sr. F. sin  volverse y sin dejar de correr -  No dejen de contar cuentos de hadas a los niños, ni dejen de cantar suave por las noches....Y cuando todo sea azul....no se resistan......No se resistan.....
        Entonces la Sra. de F. lanzó un grito. Un grito que congeló al tiempo, un grito salido del más herido corazón  y, con el pecho sangrando, corrió y corrió sin poder alcanzar al Sr. F. hasta que éste cayó desplomado sobre la hierba azul.
                                                                         - Angela Cáceres Quintero-


    


miércoles, 31 de octubre de 2012

Ella ni avisa ni puede ser retenida.

   ¿Quién es "ella"? La denigrada, ofendida, agraviada, expotada naturaleza. Cada vez da más señales de hartazgo que, pasado el natural espanto, se olvidan rapidamente sin descifrar el mensaje cada vez más elocuente, cada vez más urgente.
   Cuando el episodio de las Torres Gemelas, pieza fundamental para desatar una política exterior apuntando a Oriente que no era ninguna novedad para los trajeados y uniformados  conspiradores, hubo tiempo de pasar algunas advertencias. Cuando Katrina hizo de las suyas en Nueva Orleans no solamente se pudo percibir que la zona no estaba debidamente preparada para semejante eventualidad, sino que el gobierno de Bush se tomó dos días para mantenerse desentendido y demorar la ayuda (que sí fue muy rápida para detener incendios en una zona de privilegiados).
  Ahora, Nueva York y alrededores nuevamente ha sido tomada por sorpresa. No hubo conspiradores. Sandy llegó e hizo de las suyas. Venía de mantener en vilo la zona caribeña, sin duda muy preparada para afrontar estos huracanes. ¿Nueva York lo estaba? No soy yo quien puede ni deba responder ésto. Si puedo dolerme solidariamente por la magnitud del desastre, quizá más fuerte en Queens o en el Bronx, aunque pocas zonas han quedado indemnes. Pienso en el sufrimiento de las personas, en los indignados de Wall Street recibiendo semejante calamidad. Seguramente otros, menos indignados, también tendrán sus sobresaltos. ¿Me atrevo a "leer" este acontecimiento como un castigo o como una revancha hacia los gobiernos de Estados Unidos groseramente despectivos frente a las consecuencias del maltrato organizado contra los bienes de la naturaleza?  No. No me atrevo en absoluto. En estas cosas siempre serán los inocentes los más damnificados.
   Lo que si puedo leer, desde mi propia vulnerabilidad, es que no hay seguridad ni garantías para nadie en el océano de incertidumbre en que vivimos, despreciando, los más, las medidas de prudencia que comienzan con un cuidado y respeto activo hacia nuestra Madre Naturaleza.
   Pienso en seres como Sean Pen con el agua al cuello ayudando a los habitantes sureños (como lo hace, de acuerdo a sus posibilidades) con las personas dolientes de Haití, nación castigada si las hay. Pienso en muchos como él, voluntarios, bomberos, policías que, olvidados de sí mismos, se entregan a prestar ayuda, a vivir la más noble tarea de compasión y solidaridad.
  Pongo mi corazón para orar y enviar Luz a los que padecen y a los que luchan, es lo que puedo hacer desde la lejanía. Ya encontraremos también maneras concretas y prácticas de socorro. Y nos mantendremos atentos. Pero ...no dejo de pensar en las tormentas de metralla y de bombas que el Imperio suelta...siempre fuera de su territorio. Esas tormentas sí pueden evitarse. Ojalá descienda sobre los violentos de este mundo, sin duda, tan enfermos, aunque sea la posibilidad de una reflexión. No se puede acusar a Sandy de musulmana ni de terrorista, ni es posible registrarla cuando se acerca a las entradas internacionales del Imperio.

miércoles, 3 de octubre de 2012

Un gran cambio

Cuando   amamos a alguien, sea humano, sea un animal (detesto la palabra mascota) como una semilla en un fruto está la potencial separación. Por eso entregar el corazón es un riesgo que requiere valor.
Al abrazar a esa criaturita suave que vi crecer a mi alrededor, iluminando  la casa con su pelaje dorado y su constante misterio solía imaginar ese adiós, preguntándome quien se iría primero, él, mi tigre pequeño o yo.
 Por diez años, Ángel (alias Tato) desplegó su gracia y ese misterio sin descifrar de su naturaleza felina.
En ese misterio me encontraba con Dios. Ahora Tato se fue. Duerme para siempre en un hermoso jardín entre una planta de glicinas y bajo un ciruelo. Dios en todo refleja su misterio,en cuanto no puedo explicar presumo que se encuentra Él. Ahora me dejó a oscuras. Ya no lo espío en el gato mago que me llenó de asombro. Tendré que estar atenta, consumir mi tristeza, y esperar que se deje entrever en otras criaturas, tal vez en un ciprés que me corteja, quizá en las aves que hacen señales en el cielo y que parecen enseñarme un lenguaje secreto. Aprenderé a leerlo y tal vez vislumbre al gran Misterioso de nuevo.
 Gracias, bella criatura felina por cuanto me enseñaste y por la ternura con que supiste despedirte, sabiendo antes que yo que ya te estabas yendo.