viernes, 25 de enero de 2013


Premio de narrativa "Atahualpa Yupanqui" (2004, Buenos Aires)


CUENTO DEL ADIÓS

                 Como nube de arena que despliega y levanta y dispersa el viento. Así pasó con la familia de la prima Julia. La prima de más edad de la madre de Pascual Algorta.  Hijo único, solitario, tímido, tuvo un deslumbramiento cuando conoció esa familia.  Recién mudados a la vuelta de su casa, frente al parque, los Arrieta eran cinco. Julia, la madre, exhuberante y desenvuelta, de voz amplia y mucha risa; Santiago, el padre, un arquitecto alto y serio, de poco hablar; luego los tres hijos, Anita, la mayor, alta como el padre, fina como un junco, una piel luminosa, casi transparente, una frente ancha donde casi se adivinaban unos delicadísimos trazos ligeramente azules como un dibujo sobre porcelana y una cabellera larga, esponjosa, oscura como los ojos, más trabajada por el aire que por la manos; Susana, la del medio, precozmente docta, y completamente fea; finalmente, Polo, el hijo tardío de apenas siete años, un castaño travieso intentando ser niño entre grandes.
    La madre llevó a Pascual a conocer a los Arrieta, contenta de tenerlos cerca y pensando que en Polito encontraría un amigo. Pero Pascual tan sólo admiró el conjunto. La familia completa. Una madre, por añadidura un padre y tres hijos. Porque Pascual y su madre eran solos. Y su posible padre no le parecía más que un sueño conversado de vez en cuando. Después  toda su atención fue para Anita. El día que celebraron los diecisiete años de Anita quedó herido de muerte. Nunca más en su vida sentiría lo mismo por una mujer. Todavía bajito, sin el estirón de los trece años, cuando levantó los ojos hacia Anita para darle el beso y el regalo, no vio a la prima grande sino a una diosa. Quedó paralizado, la boca entreabierta, los ojos casi ciegos por el resplandor de la sonriente diosa  nimbada por gasas del mismo color de los atardeceres. Pascual amaba cada puesta de sol porque el parque estaba cerca de una playa pequeña de mirada al oeste y en aquel horizonte ponía cada vez que se escapaba de su casa todos sus sueños y esperanzas.
   Del austero, intimidante arquitecto Arrieta...se decían cosas insólitas, contaba la madre de Pascual. Había trabajado de muy joven en España y había logrado un prematuro renombre por haber desenterrado un castillo extrañamente fortificado, guiándose por un muy antiguo poema para dar con su emplazamiento. Años después, cuando volvió al Río de la Plata para casarse con Julia, la única mujer que amó, sólo tomaba trabajos sencillos, restauraciones, decorados de interiores y nadie logró, ni sus hijos, que se explayara sobre el tal Castillo.Y todo se habría creído una invención si no fuera por las mentas de algunos extranjeros. Pascual solía observarlo con un cierto azoramiento, con los ojos entornados como para que el arquitecto no se diera cuenta. Sin embargo, una vez, se dio vuelta de repente y le lanzó una sonrisa, como si fuera un dardo.
   Observando a esa familia, en tanto crecía, Pascual aprendió muchas cosas, precisamente ésas que suelen omitirse en las conversaciones y, si fuera posible, hasta en los pensamientos. Cuando vió aumentar y madurar la belleza de Anita...supo algo del  devenir. Cuando Susanita se suicidó por un amor no correspondido, al parecer un amor largo y profundo, cavado en un corazón demasiado ignorado por la fealdad de su dueña, Pascual descubrió los finales inesperados, trágicos.  Cuando Julia enfermó de cáncer, o sea cuando todos empezaron a hablar muy bajo a su alrededor, y cuando apenas podía verla desde la puerta semientornada de su dormitorio, confirmó su aprendizaje sobre la finitud pero, además, descubrió las agonías.  Cuando Anita se casó y se divorció en menos de un año, aprendió acerca de las veleidades amorosas.   Y, luego de la muerte de Julia, cuando a los pocos meses el reservado viudo se dejó ver en compañía de algunas mujeres....entendió que los muertos  se van realmente muy lejos y que se pueden olvidar. Y de Polo, con el que nunca pudo hacer amistad, aprendió la rebeldía sin causa. Se dejó crecer el pelo, probó la marihuana y se mandó mudar. Quiere decir que desapareció, sin rastro. Sin pena ni gloria, de la misma manera que la familia Arrieta, tan al parecer sólida y bien estructurada. Como un castillo de arena arrastrado por la marea.  Al pasar cada tanto frente a la augusta casa que se mantuvo mucho más que la familia, años después, cuando hacía rato que había dejado el barrio, Pascual seguía aprendiendo acerca de la nostalgia.   En especial, cuando al levantar los ojos por encima del garaje, se perdía en la ventanita del altillo donde las chicas estudiaban.
    Cada tanto, muy de tanto en tanto, se encontraba con una Anita sobreviviente, siempre envuelta en chales volanderos,  en alguna terraza tomando café, discutiendo arduamente de política. La que fuera una jovencita devota se había despojado de la fé y militaba en el Partido Comunista, algo que sin duda habría espantado a su madre. Y fue precisamente bajo un régimen de dictadura, cuando ya los dos tenían algunas canas, en que se dio un inesperado, fulgurante encuentro entre los dos. Anita en banda, bajo la mira de milicos, cambiaba seguido de pensión y fue en una de la Ciudad Vieja donde ambos coincidieron. Era diciembre, faltando muy pocos días para la Navidad, cuando dieron uno con otro en uno de los pasillos del envejecido edificio. Edificio que había conocido glorias de hotel elegante, con pretenciones de art nouveau. En la época del tal encuentro, los refugiados habitantes solamente tenían todavía el bienestar del agua corriente. La luz había sido cortada y se movían como fantasmas, con faroles y linternas.
-          Fijate dónde vinimos a parar – dijo Anita muerta de risa, pasada la sorpresa. Porque dicho encuentro  tuvo su magia. Moviéndose a tientas en el más que penumbroso corredor, palpando las paredes para guiarse hasta las desvencijadas puertas de sus cuartos, sus manos se encontraron. Las manos fueron las primeras en sorprenderse. Una asombraba por su inesperada suavidad, libre de anillos, y la otra por su tamaño y muy trabajada palma. Los dedos quedaron entrelazados sobre la pared, y Pascual y Anita quedaron muy quietos, sin aliento casi, porque extrañamente las manos no quisieron soltarse. Sólo cuando otro inquilino pasó despacio, con un farol, se vieron las caras.
-          Las vueltas de la vida, primo Pascual....Vení a mi cuarto. Se me terminaron las pilas de la linterna pero tengo muchas velas. Nó para rezar por cierto. Y algo de vino, también.
-          Prefiero café, si tenés...
-          Si, claro. 
        Iluminada por las velas, Anita ya no se veía como diosa pero sí como una mujer que, de alguna manera, siempre sería hermosa. Las líneas azules de la frente mucho más marcadas en el rostro enflaquecido y los ojos igualmente brillantes. La suave luz convertía en tenues reflejos las canas, y disimulaba la modestia del atuendo, una camisa gastada y un jean descolorido. No dijo una palabra mientras batía el café instantáneo y el agua se calentaba sobre la garrafita de gas.  La luz también atenuaba la decadencia del cuarto y parecía avivar ligeramente ciertas molduras, ciertas tallas en las paredes y el arco elegante del pequeño balcón.
-          Si. Este fue un lugar hermoso, refinado. Papá solía decir que era el edificio más hermoso de la Ciudad Vieja. Pero...lo dejaron morir...como tantas cosas – dijo Anita alcanzándole la taza y como si hubiera adivinado sus pensamientos.
-          Tu padre....
-          Murió. De un infarto. No volvió a ser feliz. Y perder aquella casa, finalmente....
-          Paso a veces. La miro.
-          Yo no. No quiero verla más. Mamá parecía sostener todo aquel mundo encantado...Murió y todo se cayó.
-          Supe de tu hermana....
-          Ese es otro motivo para borrar la casa. Yo la encontré. Asfixiada. La cabeza en una bolsa de plástico. Y éso....no lo puedo borrar, Pascual. Es el peor fantasma. Ahí me enojé con Dios. Definitivamente.
-          Recuerdo a Susana como...muy buena. Quería mucho a los animales...El jardín del fondo lo cuidaba ella, no?
-          Era...buena, si. Pero la bondad no la hizo merecedora del amor de un hombre. Ustedes sólo miran por fuera. Y...desgraciadamente, se enamoró de un idiota. Uno de ésos, bello como un vikingo y sin nada en la cabeza ni en el corazón. Pero...lo suficientemente astuto como para jugar con ella y apostar por su amor como en un torneo. Te juro que....Pude matarlo. Y vos, Pascual? Todavía sos cura?
-          No. Rompí con la Iglesia.
-          Ah...
-          Pero no con Cristo.
-          El es otra cosa. Si hubiera vuelto por aquí ya lo habrían fusilado o tirado de un avión. Yo tuve una maestra de gimnasia consciente, hija de un gran periodista que también voló...que solía decir que ni el cristianismo ni el marxismo se habían podido realizar. Y así estamos.  Tu mamá murió, también....
-          Si. Hace años. Por eso pude consagrarme. Ella me tenía sólo a mí.
De pronto fueron conscientes de que habían llenado el cuarto de fantasmas y se quedaron callados en la penumbra.
-          Y vos, Anita? – dijo finalmente Pascual.
-          Yo... Camino sobre un abismo. Hace rato.
-           Te siguen?
-          Supongo que si. Me detuvieron un par de veces...pero ya ves. Estoy aquí. Pero sé que no puedo quedarme demasiado en el mismo lugar. Además...me quedé sin empleo cuando cerraron nuestro diario. Y ahora...agarro alguna que otra traducción, cuando puedo... – y Anita soltó la risa – Imaginate mi trabajo a la luz de estas velas....
-          Y el amor?
-          El amor? A cuál te referís?  Yo...estoy llena de amor, Pascual.
-          Al de un hombre, me refiero.
-          Ah...ése. Ya fue. Y tú, Pascual? Tenés mujer?
-          No.
-          Pero supongo que alguna vez te habrás enamorado...
-          Una vez.
Anita se dio cuenta que era mejor callar. Y así quedaron, en silencio, mirando sus caras que parecían desvanecerse a medida que se consumían las velas.
-          Y...qué hacés, Pascual? Para vivir, digo.Tenés trabajo ahora que ya no sos pupilo de la Iglesia?
-          Tengo. Pero hablemos de eso otro día. Ahora estoy cansado.
-          Que sea pronto, primo. No sé cuánto podré quedarme aquí. Además..me parece que están por cortar el agua – alcanzó a decir Anita cuando Pascual ya estaba de vuelta en el corredor.
        Como huyendo llegó a su cuarto y la total oscuridad le pareció un alivio. A tientas encontró su cama y se dejó caer, sin desvestirse. Entonces se dio cuenta de que estaba temblando.
        En los días siguientes hizo todo lo posible por mantenerse invisible. Porque lo que alguna vez fue deslumbramiento se le había vuelto tormento. Lo espantaba imaginar, tan sólo, el peso y el roce de sus manos llenas de cicatrices sobre aquel campo de piel semejante a leche. Y sólo la densa pared entre ambos. Anita, que ya no era una mujer al lado de un chico. Y el hombre que ahora era él. Un hombre cociéndose a fuego lento, temeroso de la levedad de sus límites.
         Sería ya el 23 de diciembre cuando Pascual, llegando muy cansado de la calle, la mochila casi doblándole la espalda, y más cansado todavía por el revuelo de la calle donde la gente se preparaba para la Navidad simulando que todo estaba bien, se cruzó con la encargada del edificio.
-          Junte toda el agua que pueda porque mañana la cortan. Esto ya ni pensión de mala muerte parece. Es un tugurio y yo...me las tomo -  dijo la mujer como faltándole el aire.
-          No creo que me quede mucho, ya. Pero...gracias.
-          Una cosa más – agregó la encargada, cerrándole el paso y bajando la voz  -  Si puede...haga algo por esa parienta suya, la tal Anita. Toma de más y hace mucho escándalo.
-          No me di cuenta.
-          Yo sé lo que le digo. No le conviene llamar la atención.
-          Apenas tengo trato con ella. No nos hemos visto por años.
-          Haga lo que quiera. Pero preguntan demasiado por ella. De cualquier manera – y la encargada se fue alejando por el corredor – este barco se va a pique y las ratas saldrán disparando.
        " Entonces...no hay nada qué hacer " , se dijo Pascual encerrándose en su cuarto. Con el resto de luz que entraba por la ventana, abrió la mochila y desplegó sus herramientas sobre el catre, repasándolas y limpiándolas un poco. El arma fue lo último que sacó.

            Sería cerca de medianoche cuando golpearon su puerta. Abrió y se encontró con Anita en camisón, con una vela en la mano. Medio dormido y semi desnudo con no más que un pantalón de gimnasia viejo, Pascual se la quedó mirando.
-          No tenés nada de luz? – dijo ella.
-          Estaba tratando de dormir.
-          Puedo entrar?
Pascual se hizo a un lado y Anita se sentó en el borde de la cama. El se mantuvo de pie, mirándola. Era como una aparecida. La luz de la vela, agitándose sobre su cara la hacía ver como si ya no tuviera consistencia y fuera a deshacerse en la oscuridad.
-          Pude darme un baño. Mañana cortan el agua.
-          Si. Ya me avisaron.
Entonces, Anita se paró y dejó la vela en la mesa donde estaban los libros de Pascual.
-          Seguro que son tus libros de oraciones – dijo riéndose -  Puedo mirar?
-          No.
-          Te estoy molestando.
-          No.
-          Todo "no". Qué pasa contigo?
Anita se acercó a Pascual y le pasó un dedo por el cuello. Muy despacio. Y él dio un paso atrás.
-          Qué hacés?
-          Vamos...no es un cuchillo...Es mi mano, nada más. Vos me tenés miedo, Pascual?
Sólo entonces y por el olor, él se dio cuenta que ella estaba borracha. Pero se sostenía bien.
-          Anita...es mejor que te vayas a tu cuarto y trates de dormir.
-          Dormir...Quién dijo que quiero dormir? Además...no puedo. Tengo prohibido dormir.
-          Quién te prohíbe dormir?
-          Yo. Yo misma. Si duermo...no vivo.
-          Claro que vivís. Sólo perdés la conciencia, Anita.
-          Eso mismo. No quiero perder la conciencia. Tengo que estar alerta. Vigilar.
Riendo suavemente se echó sobre el pecho de Pascual.
-          Vigilar. Vigilia. Vigilar, Pascual. Tenés el pecho caliente, primo. Buena pinta. Cuánto hace que no hacés...el amor?
-          Vamos, Anita. Andate. Por favor.
-          Claro que sí. Sólo vine a invitarte. Mañana es Noche Buena. Unos amigos...pocos...van a venir a mi cuarto a tomar unos vinos. Traete algo dulce. Un pan....o algún turrón....El de Jijona me gusta. No dejes de venir,Pascual. Porque nunca se sabe.
-          Nunca se sabe...qué?
-          Podría ser la última Noche Buena. Juntos, quiero decir...Hace tanto que Polo se esfumó...En realidad sólo me vas quedando tú...Pascual...Así son las cosas – murmuró apenas – Todo el mundo se va.
        Suavemente la fue sacando del cuarto, una mano en su brazo y la vela agonizante en la otra. En la mitad del pasillo ella pareció perder fuerza. Se dejó caer y murmuró:
-          Dejame aquí.  El piso está fresco. No te preocupes, primo. Estoy bien.


La mañana del 24 apareció lluviosa. Pascual no salió a trabajar sino a caminar. Un tranco sereno, sin rumbo, ligeramente divertido entre la gente que apresuraba sus compras y cruzaba saludos. Se sintió envuelto en un río que sólo arrastraba despojos de tradición. De pronto se encontró con el fantasma amable de su madre armándole el pesebre. Ella era fiel. Nunca pudo comprarle un árbol de Navidad aunque quizá fue más probable que no quisiera. Le gustaba extender arena y papel de roca en aquel estante de la biblioteca, levantar el pueblito en el horizonte de papel azul donde pegaba la luna y las estrellas. Tomó conciencia por primera vez, a tanta distancia, del celo de su madre por cuidar el encanto.  Cada año crecía la fauna extraña y variada que acompañaba a pastores, reyes y fieles de todas clases, apiñándose para contemplar el milagro de aquel niño maravilloso reposando en un lecho de viruta, demasiado grande en relación a la madre envuelta en un manto de verdad, de algún tul que se renovaba siempre, con un José un tanto apartado y más chico todavía. Lo más grande de todo era la estrella guía y el ángel de las alabanzas, con alas tan grandes y pesadas que a veces se desprendía del papel que hacía de gruta y, cayendo sobre el niño, le parecía a Pascual que en realidad se soltaba para besarlo. Recordó la primera vez que su madre lo llamó para ver el nacimiento y su azoramiento por aquellos lagos de espejo, con patos de celuloide que él se creyó verdaderos. También recordó con una sonrisa su inocencia al intentar meter el dedo en esos lagos y cómo jamás dudó de la explicación de su madre.
-          Es que están helados, Pascual. Es invierno ahí, hace mucho frío.
        Y, en verdad, todo estaba salpicado de nieve. Una nieve que a veces era harina y otras talco.
     Se acordó de pronto de la invitación de Anita y se metió en un supermercado para comprarle algo. No le encontraba sentido a lo de reunirse para tomar algunos vinos de la misma manera que se había ido enfriando con las visitas a los templos. Creía, sin embargo, que aún era un hombre de Dios. Pero no de iglesia como le había dicho a Anita. Cualquier mesa podía convertirse en altar y, posiblemente su madre, al amasar el pan y ponerlo en la mesa y al ofrecerle aquel rescoldito de vino...consagrara más que él. Hasta la palabra Dios le parecía extraña, limitada. Porque sentía cada vez con más fuerza que no tenía la menor idea de qué cosa fuera Eso tan incomparable, tan desconocido y misterioso.  No podía encontrarlo entre las imágenes pero si en la playa, sentado en la orilla cuando soplaba el viento, o entre los árboles del parque cuando el follaje gemía. A veces le resultaba insoportable todo aquel amor inexplicable hacia algo que podía estar en todas partes o en ninguna. Eso que no obedecía a ritos y a liturgias pero que se le aposentaba en el corazón haciendo uso de su cuerpo, tomándolo como dueño absoluto. Por eso se había entregado a la tierra. Cuidaba con un esmero que asombraba los jardines de los ricos, combinando arbustos, arbolillos y flores, desplegando mantos de exquisita hierba. Pero le gustaba más limpiar terrenos baldíos y plantar con los chicos cuanto se pudiera comer. En eso no tenía tanto éxito porque poca gente entendía y lo veían como un intruso, como una molestia. Pero Pascual, sembrador  por vocación, dejaba semillas donde podía, en la tierra y en el alma de algún chico que otro. Sabía que no era mucho más lo que podía hacer un hombre. Y detestaba cualquier clase de proselitismo. En la tierra respondiendo, en todo lo que germinaba, en todas aquellas epifanías vegetales...descubría una revelación. No entendía pero sabía que vivía con algo y para algo verdadero que lo trascendía en todo y que lo habitaba todo. Pero, a veces, y lo espantaba, encontraba armas en las manos de los chicos. Se ingeniaba entonces para cambiarlas por comida. O para robarlas. Muchas terminaban en el río. Pero...allí donde las descubría no podía volver. Para muchos era  ya un ladrón de ladrones o un loco. Y no ignoraba que podían matarlo por eso.
    
      Cuando volvió con el turrón se encontró con que algunos estaban dejando el hotel.
-          Ya no hay agua – le decían al cruzarse con él en la escalera, arrastrando cajas y bultos.
Pascual  estaba pronto para cualquier cambio y siempre supo que no se quedaría mucho allí. Para uno que anda ligero de equipaje no hay demasiado problema en dejar un lugar por otro. Subió pensando en Anita, en donde iría aquella mujercita perseguida y alocada. Y cuando entró en su pieza, la sorprendió con el revólver entre las manos.
-          Esto no me lo esperaba, primo. En qué andás? En la subversión, también?
-          Y tú que estás haciendo aquí? Soltá eso, Anita  -  respondió Pascual  sintiéndose furioso con su prima.
-          No te enojes. Vine a recordarte la invitación.
-          Y a vaciarme la mochila y...
-          Qué son todas esas herramientas y bolsitas de semillas?
-          No te importa.
-          Pero lo más interesante son tus libros...Jamás pude imaginar que te interesaras por la obra de Mary Shelley – dijo Anita riendo – Pensé encontrar algún breviario y la Biblia.....y me encuentro con una historia de monstruos....
-          Todos guardamos cosas sorprendentes. Algunas muy bien enterradas. Como el castillo que descubrió tu papá.
La sola mención del padre pareció marchitarla  más. Anita soltó el arma sobre la cama y salió.
-          Te espero en mi cuarto luego, a las nueve -  fue todo lo que dijo al alejarse.


           Cerca del atardecer, Pascual se puso el revólver en el bolsillo y se encaminó a la rambla. Cuando cargaba un arma le parecía llevar encima el peso del mundo. Así como, al quitarle las balas y tirarla al mar, le parecía que estaba naciendo de nuevo, libre de toda historia. Después, al soltar una por una cada bala en el agua, le parecía que estaba alimentando a un monstruo a punto de morir. Un monstruo que venía padeciendo una agonía larguísima, que no parecía terminar nunca. Sabía que estaba en peligro. Si lo habían seguido desde el apartado barrio donde hizo el canje con un chico podrían darle una paliza hasta dejarlo medio muerto. Podría defenderse de uno pero dificilmente de dos tipos sin escrúpulos.   Pero si algún tira le encontraba el arma...todavía podía ser peor. Sin embargo nadie pareció seguirlo ni interesarse por su presencia en la rambla. Saludó a algunos pescadores y se fue hasta la escollera más apartada, hacia el oeste, y se internó por ella con paso tranquilo, como un soñador persiguiendo el atardecer. Al mismo tiempo, arma, balas y sol se hundieron en el agua. Pero Pascual no se movió. El cambiante cielo lo retuvo hasta que la contemplación tranquilizó su alerta corazón. Luego, sin prisa,fue volviendo al hotel y pensando, una vez más, en la insignificancia de su acción. Qué relevancia podría tener un arma menos en un mundo que era un arsenal? En alguna parte alguien se estaría riendo de él. Pero...seguramente, Dios no esperaba mucho más de un solo hombre, de un jardinero solitario, desprovisto y vulnerable.
      Cerca de las diez, sin mucho entusiasmo, se fue hasta el cuarto de Anita con el turrón en la mano. Muchas velas encendidas y una rama de acebo en el balcón, reseca, aunque con una cinta roja, eran todo el arreglo navideño.  Pascual se quedó mirando a los cuatro desconocidos, tres hombres y una mujer, que rodeaban a Anita. Cada uno con su copa llena de vino y con un aire de haber tomado mucho, ya.
-          Te invité a las nueve. Y son casi las diez  - dijo Anita y parecía irritada.
-          Disculpen.  Buenas noches. Lo importante es que estaremos juntos a las doce.
          Ninguno respondió.
-          Espero que este turrón te guste.
-          Jijona? Me gusta, Pascual. Es lo más parecido al mazapán o a la Jalvá. En otro tiempo...hace siglos...mis padres llenaban la mesa  de estas cosas...Marrons Glacé....pistachos...panetones...roscas de almendras...champán francés....Ponían la mesa al lado de un árbol de tres metros, en el jardín del fondo...el que cuidaba mi hermana, te acordás, Pascual? Porque éste es primo mío. El primo pobre. En todas las familias hay algún primo pobre que se queda con la boca abierta cuando los ricos celebramos las bodas de Camacho....o las Noches Buenas o Viejas que son casi lo mismo....Todos peleando todo el año aunque...a la hora de comer... todos íntimos. Pero, eso si, las viejas de la familia iban primero a Misa de Gallo y luego devoraban lo que les dejábamos a las dos de la mañana....Y ahora...ahora esto es todo lo que hay .Un turroncito para cinco personas.  Porque éstos sólo trajeron vino. Lo único que quieren es chupar...y un pretexto cualquiera para seguir chupando...
            Pascual, a través de las risas de Anita, percibió una pena profunda que ella jamás admitiría y que sólo el alcohol podía delatar.
-          Pero hay que celebrar. Sabe Dios dónde estaremos dentro de un año.
-          A mí siempre me gustó esto de la Noche Buena y la Navidad – dijo la mujer – Por unos días la gente parece más amable....Y hasta ligás algún regalo...
-          Podríamos jugar a las cartas mientras esperamos la medianoche  - dijo uno de los hombres.
-          Y después ...qué? – dijo otro, mientras el tercero soltaba la risa.
-          Después...nada. Seguís  tomando y comiendo si tenés con qué...o te llevás a alguien a la cama.
         Anita encendió más velas y puso unas cartas españolas sobre la mesa.
-          No sé que será mejor. Jugar...o consultar la suerte...
-          Esta no es noche de brujas...ni de fantasmas. Si quieren voy a buscar alguna pizza... – propuso Pascual.
-          En qué país vivís? Ya está todo cerrado.
-          Para la medianoche tengo un pan dulce reservado – dijo Anita – No hay que desesperar.
-          Y qué es eso de que ésta no es noche de brujas ni de fantasmas?
-          El gallo canta a la medianoche para celebrar el nacimiento del Señor y dispersa a los malos espíritus. Eso dicen. Hasta Shakespeare.
-          Bah...los ingleses siempre creyeron en fantasmas... Yo nunca vi ninguno.
-          Y yo nunca escuché cantar a ningún gallo a la medianoche.
-          Y seguro que a la mañana tampoco.
        Pascual, probando apenas el vino, ajeno al juego, observaba a su prima.
La frente húmeda, los ojos demasiado brillantes, simulaba divertirse pero las manos le temblaban al barajar y la voz se le iba perdiendo. Sin embargo, vestida de blanco, conservaba un rescoldo del esplendor que había deslumbrado al Pascual niño. Ya  no eran aquellas gasas que lucían como el atardecer, sino una blancura de nieve o de hospital. Demasiado blanco confundiéndose con una piel vacía de sangre.  Pero una piel que parecía llamarlo. Como si fuera preciso develar con urgencia si Anita estaba tan fría como esa nieve que la cubría y,  con la misma urgencia, darle aliento hasta despertarle la sangre nuevamente. Una   muñeca de nieve cada vez más embriagada.
-          Hablando de fantasmas y monstruos – dijo Anita de repente – mi padre era experto en desenterrarlos.
-          Nadie habló de monstruos.
-          Dónde está el baño? – dijo uno de los hombres dejando la mesa.
-          Al fondo del corredor, a la izquierda. Llevate una vela.
-          Podríamos hacer cuentos de fantasmas....
-          Hay que terminar el juego, primero...
-          El corredor mete miedo, Anita. Y el baño está cerrado. Tapiado.
-          Entonces tendrás que mear en el balcón – respondió Anita – Aquí nadie se asusta ya de nada.
-          Yo creo que si. Tenemos muchos motivos para espantarnos.
-          De esos motivos no quiero hablar esta noche. Me niego.  Sería mejor creer...aunque fuera por un instante, que hay algo...santo en esta noche.
-          En eso mi primo es experto. No es cierto, Pascual?
-          Anita, por favor...
-          Mi primo se hizo cura...y colgó el hábito. Pero..."sacerdos in eternum".
-          A veces leo la Biblia – dijo alguien. Las velas se extinguían rápido y los rostros se iban fundiendo en la oscuridad. Pascual deseó que la medianoche se apresurara para saludar y desaparecer. El tiempo pasaba y el sinsentido de la reunión aumentaba.
-          A las doce empezará el barullo.Cohetes y luces en el cielo. Y campanas. Estamos muy cerca de la Catedral.
-          Ah...eso de hacer ruido me gusta – dijo Anita, y salió del cuarto con una vela. Volvió casi enseguida y se plantó frente a Pascual.
-          Dónde lo escondiste?
-          Qué cosa?
-          El revólver – dijo Anita bajando la voz pero no lo suficiente.
-          Así que andás armado, vos? – saltó uno de los hombres muy interesado. Y todos miraron a Pascual como si recién lo descubrieran.
-          Basta por hoy, prima. No hay ningún revólver, ya lo viste. Y si quieren hacer ruido rompan las copas o tírense por el balcón.
-          Pero Pascual...
-          Esta reunión no significa nada y es un insulto a la bondad de la noche. Me retiro.  Que lo pasen bien.
         Se volvió a su cuarto con una mezcla intolerable de desencanto y rabia. Sintiéndose muy solo, se postró en la oscuridad  y apoyó la frente en el suelo. Ese gesto casi siempre le despertaba paz. En la rendición total las amenazas se desvanecían. No había más nada que él y el Espíritu. Pero esa noche tardaba en sentirlo. Se puso a repetir como cuando intentaba meditar: "la paz sobre mí, la paz alrededor de mí, la paz bajo mis pies, la paz dentro de mí, la paz en mi corazón, la paz en mis entrañas, la paz inundando y desbordando mi mente, la paz...."
    Volvió sobre sí con la algarabía de la medianoche.  Petardos, cohetes, pitos, campanas. Se fue hasta su ventana con la espalda dolorida, preguntándose qué era, qué significaba todo aquello, si alguien comprendería algo todavía...
     Desganadamente observó toda aquella pirotecnia que se mezclaba con las exclamaciones de Anita y sus amigos en el balcón contiguo. Poco a poco la algarabía fue cediendo. La exitación se fue retirando semejante a la bajamar. Pero en el cuarto de su prima parecía haberse armado una discusión,al parecer estrellaban las copas y luego se sintió un grito. Por un momento Pascual se quedó vacilando entre ir o no porque si era una pelea de borrachos no habría mucho para hacer. Nadie lo llamó tampoco. Hasta que, de pronto, se hizo un silencio prolongado, profundo...que lo  alteró más que el griterío. Después  un portazo y pasos apresurados alejándose...y más silencio. Se le ocurrió que, tal vez, ya no quedaba nadie en el edificio.  "Ahora, sin luz ni agua ni encargada,sin gente que pague, vendrán los que van de tugurio en tugurio, refugiándose hasta que la policía los saca...y el viejo hotel, en pocas semanas, tomará el inconfundible olor de la miseria.Ya veré donde me voy mañana ",se dijo. Y no estaba seguro de querer saber qué haría Anita.
     Estaba a punto de tirarse en la cama cuando escuchó un llanto, como de niño. Se entrecortaba con gemidos y venía de muy cerca.  Pensó en Anita y tomando su linterna se fue hasta su cuarto.
   Estaba tirada en el piso con un tajo en la cara y el vestido manchado de sangre. Al inclinarse sobre ella vió que tenía cortes en las muñecas.
-          La fiesta terminó mal. Dejame sola, Pascual.
-          Hay que parar la sangre, Anita. Qué pasó?  Quién...?
-          Nadie. Yo me lo hice. 
Como los cortes no parecían demasiado profundos, Pascual pudo  parar la sangre y vendar con fuerza las muñecas.
-          Mirá que sos loca! Qué te hubiera pasado si te cortás una arteria?
-          Habría empezado a morir de una manera linda....Si te vas...podría intentarlo de nuevo...Con tu revólver hubiera sido mejor y rápido....
-          No digas más estupideces, Ana. Me dan ganas de pegarte.
-          Uhh....me llamaste Ana....Hace mucho que no me llaman así. Sólo mis amantes....
        Pascual la levantó y se la llevó a su cuarto. La recostó en su cama y le limpió la sangre como pudo, con agua mineral. Se quedó mirándola, luego, viendo como la respiración se iba serenando. Entonces, con suavidad, casi adivinándole la cara en la penumbra, le secó las lágrimas con un pañuelo.
-          Querés un vaso de agua? No tengo café.
-          No quiero nada. Sólo...hablar. A lo mejor...si cuento todo aunque sea una sola vez...pueda seguir viviendo...Si contás siempre las mismas mentiras...la verdad se aleja tanto, tanto...Pero un día descubrí que la mayoría de la gente prefiere cualquier fantasía, prefiere tragarse cualquier fábula...antes que la verdad....Y yo misma....Pero..desde que nos encontramos...no sé qué me pasó. Creo que llegué al límite...
        Pascual, echándose suavemente a su lado, hizo lo que tantas veces había deseado, acariciar la piel cuya blancura se disolvía en la penumbra. La única luz venía de la calle, como asordinada, y la linterna ya casi no tenía pilas. 
-          Por qué no tratás de dormir, mejor? Mañana se verá.
        Pero Anita lo tomó de las manos.
-          No, no. Vos sos cura. Quiero que me escuches.
-          Yo no...
-          Si! Lo sos para siempre. El te tomó. El Cristo, quiero decir.  Y nunca te va a soltar. Así ama. Para siempre.
-          Si es lo que querés...hablá. Como primo tuyo no me puedo negar.
-          Papá...allá en España....desenterró algo que hubiera sido mejor dejar bajo toneladas de arena. Los jardines de Bomarzo parecerían insulsos al lado de lo que encontró.  Tal vez destapó una de las puertas del infierno...
-          No digas tonterías, Anita...
-          El mal existe, Pascual...Y si mi padre fue alguna vez joven de espíritu y bueno...lo que vió lo perdió para siempre. Yo..ahora voy a hacer algo parecido...voy a desenterrar una monstruosidad. No creo que cambies como cambió mi padre.   Aunque por lo que vi en tu mesa..los monstruos te fascinan...
-          No. Me despiertan compasión....
-          Compasión... – dijo ella apoyando las manos de Pascual sobre el pecho – Tal vez ese sea el único bálsamo...posible para mí...
La herida de la cara le volvió a sangrar  y Pascual se quedó mirando, casi adivinando, la tenue línea roja que le bajaba hasta el cuello.
-          Vos te creíste que mi hermanita era buena, no?  - Anita soltó la risa – No era tan buenita, Pascual. Mamá le tenía miedo. Creo que la odiaba porque se dejaba manosear por papá. Si, Pascual, el amante esposo, el marido ejemplar! Debo estar muy vieja o...de verdad a punto de morir para escucharme decir esto. La preciosa familia que vos y tu mamá parecían admirar tanto...nunca fue lo que ustedes creyeron. Y yo estoy desenterrando la verdad, como te dije. Haciendo lo mismo que papá con aquel maldito castillo. Sólo espero que esto no te haga perder el alma. Porque el alma puede morir...como le pasó a él....Y tal vez a mí...y luego a toda la familia...Quizá mamá pudo aliviarlo por un tiempo, pero...lo cierto es que él no quiso saber nada más con muros y menos con cimientos. Aborrecía visitar las obras. Y una cosa pareció segura: lo atraía la fealdad. La belleza parecía espantarlo. Por eso dejó de dormir con mamá y se puso un catre en el estudio. Cómo no le iba a venir un cáncer a mamá? Seguro que vos, como todos, creíste que fue por el suicidio de mi hermana...No, Pascual. Para entonces..ya hacía rato que mamá iba al médico a escondidas.  Sólo yo sabía. Pero...lo que sigue...es mi verdadera confesión, Pascual. Susanita se mató por mi causa.  Se puso loca con aquel rubio que te conté..el que parecía un vikingo, ése que se reía de ella...Pero yo también me volví loca por él, Pascual. Y hacíamos el amor en el mismo altillo donde estudiábamos las dos.
-          Y él? También jugaba contigo?
-          No. El se volvió loco conmigo y se lo dijo a mi hermana. Pero yo negué todo. Era divertido hacerlo a escondidas y, sobre todo, joderla a mi hermana. Pero el rubio convirtió el romance en un melodrama y perdió todo interés para mí. Entonces me casé con el primero que se me puso delante, como para demostrarle a Susanita que lo del vikingo era mentira. Por qué creés que me divorcié tan pronto? Pero...no sirvió de nada. Susanita no me creyó y se mató sobre mi propia cama de soltera. Después...el enamorado de la fealdad, se volvió cada vez más sombrío. Debe haberme odiado por quitarle el objeto de su devoción.  Para entonces...mamá ...definitivamente enferma...ya no simuló salud ni alegría. Ella...ella de verdad merecía otra cosa, Pascual....
-          Y tu hermano?
-          Ah...ése la adoró siempre. Le fue absolutamente leal. Creo que...chico como era...sabía todo lo que pasaba en casa. Era como un brujito. Por eso...apenas pudo, se mandó mudar.De casa, del país, de sí mismo.
-          No supiste más de él?
-          Nada.  Y...después...en la militancia...busqué una especie de redención. Pero...había perdido mi integridad. Fui responsable de una muerte. Y después seguí lastimando a mucha gente....No es extraño que haya venido a parar a este lugar. Sin luz, sin agua, sin vida...
-          Nada hay más importante que la vida.Pero tu hermana puso por encima un amor desafortunado, un amor que se pudo olvidar, y la deslealtad de una hermana que podría perdonarse. Ella eligió morir. Sólo Susana es responsable.
-          No me equivoqué. Quién podría darme algo de paz....consolarme...sino Pascual...aquel niño de mirada pura...? -  dijo Anita, en un suspiro.
         Y ahora que Anita, definitivamente, yacía despojada de su misterio, Pascual sintió que quedaba libre de aquel largo enamoramiento, de aquel resto de devoción por su prima. Le acarició la frente percatándose de que ahora si podría amarla.
-          Podrías absolverme, Pascual?
-          Renuncié a eso, Anita.
-          No se puede. No podés. "  Sacerdos in eternum ".
-          Puedo decirte..."Ego te absolvo", Ana. Si eso querés. Pero..qué cambiaría? Algunos te dirían que Dios ya te perdonó y nos perdonó a todos hace rato...Pero yo no lo se. Siento un extraño amor, una rara pertenencia...pero eso es entre El y yo.  No sé cómo puede resultar contigo.
-          Entonces...debo perderme...
-          No. Ana. Perdonate vos. Si no fuera así...qué valor tendría cualquier absolución? Yo, ahora...puedo darte otra cosa.
-          Qué?
         Pascual no pudo ni quiso decir nada más.  Le bastó verter su amor en aquella boca que tanto había reído, besado, bebido, mentido. Una boca entreabierta, no totalmente fría aún, que le fue entregando su último aliento. Porque las heridas sí eran profundas y la sangre siguió manando dulcemente, dejándole a Pascual tan solo su preciosa muñeca de  nieve.
                    
                         Ángela Cáceres Quintero



   Duración

    Hubo una vez una mujer que se aburría. De casi todo y al poco tiempo. Su destino no le daba muchas opciones aunque ella no se dio cuenta de que pudo decidir otra cosa. Como no decidió nada heredó el taller de costura de su madre y siguió cosiendo. Comía poco porque le fastidiaba cocinar, dormía menos porque al dejar de soñar perdió interés, y su mayor compromiso era entregar en el lapso acordado los vestidos que, uno tras otro, salían de sus manos y de su máquina de coser.

Lo extraño es que sus vestidos, creados sobre el cuerpo de cada clienta, eran tan originales, tan expresivos, tan hermosos que le dieron una gran fama de Maestra de Alta Costura. No consultaba la moda. La creaba. Sin embargo no era feliz. Sus vestidos eran la cura provisoria de su aburrimiento. Pero como la costura era su único, absoluto medio de vida ya que no conocía otro, inventaba vestidos que jamás usaría. De manera que, al entregar la obra terminada, volvía a sumergirse en el tedio.

   Era muy joven y se asomaba tan poco a los espejos que  se había olvidado de sí misma. Ignoraba que era bellísima porque jamás dejó acercar a nadie que se lo dijera. Sus ojos brillaban sobre las telas y los bordados sin señal alguna de cansancio y su espalda se mantenía erecta a pesar del trabajo continuo.

Y habría seguido así, por siempre, hasta que fuera llamada del otro mundo, si no fuera que hubo un hombre, cliente firme porque le encargaba los vestidos de sus amantes y tenía una nueva cada semana, que repentinamente se fijó en ella.

- Señorita, míreme.

- ¿Cómo?

- Levántese y míreme, haga el favor.

La joven obedeció muy sorprendida.

 -¿Alguna vez se puso uno de sus vestidos?

- No tengo vestidos. Los entrego todos, como a usted. Me basta con este uniforme, fresco, liviano, cómodo.

El hombre le arrancó el vestido recién terminado de las manos.

 - Póngaselo.

  - Pero si no es mío.

- Ahora si. Se lo regalo.

- No está hecho a mi medida.

- Le servirá. Obedezca.

Ella tomó el vestido y se cambió detrás de una cortina. Se miró al espejo y le pareció que miraba a una de sus clientas. El vestido le quedaba impecable, ceñido en la cintura, desplegándose en capas hasta sus tobillos. El escote, no muy prudente, descubrió un cuello de cisne. “Pero no debo ser yo”, pensó. Como tardaba, el hombre corrió la cortina y quedó deslumbrado. Olvidó no solamente a la última sino a todas sus amantes.

 - Usted no coserá más que sus propios vestidos. O podrá diseñarlos y mandarlos hacer. Usted es una reina escondida.

- ¿Está loco, señor? Perdone…

- No. Usted se vendrá conmigo. Usted es la inalcanzable mujer de mis sueños. Hace años que la persigo.

- No lo sabía, señor. Disculpe…

  En ese mismo instante ella descubrió que no estaba aburrida.




Y por esa razón se casó con él y aprendió a encargar sus vestidos. Él se desvivía por complacer todos sus deseos, todos los que ella había sofocado y olvidado y que renacían.

Fueron felices. Hasta que, poco a poco, volvió el aburrimiento y se apoderó de ella.

El marido, mayor pero con gran porte, deseado por muchas, ni se enteró de que ella se escapaba.



  Pero, noche a noche, dormido él, ella se sumergía en una apasionante vida onírica. Una vida paralela que empalidecía la de vigilia.

Al tiempo ella comenzó a dejar la casa. Miraba al marido dormido, lo besaba en la frente, se envolvía en su más exquisito vestido….y escapaba hasta su antiguo taller y se sentaba frente a su mesa de trabajo y acariciaba su máquina.

“Es que no soy una dama aburrida. Soy una trabajadora aburrida. No debí torcer mi destino”

Y pasaba sus noches allí hasta que amanecía y volvía a su cama.  

 

 

 Los Inmortales, abandonado el Olimpo definitivamente, andaban dispersos por el mundo. Nada de primicias ni libaciones, nada de ofrendas ni sacrificios. Absolutamente olvidados. Su única ocupación consistía en entretener su abrumadora inmortalidad.

  Zeus seguía promiscuo y enamoradizo y Hera aburrida de él ya no lo celaba. De tanto en tanto se prendaba de alguna chica y a la noche se metía en su cama. Ya no se convertía en cisne ni nada parecido. Le bastaba volverse invisible y agitar el sueño de la elegida y penetrarla para luego dejarla ya poseedora de su semilla divina. Así fue que el mundo se fue llenando de semidioses.

 Y ocurrió que nuestra vocacional modistilla volviendo a su casa marital de madrugada, chocó en una esquina con un joven tan increíblemente hermoso que se quedó paralizada, en contemplación. El joven se disculpó pero ella balbuceó:

- Yo fui muy torpe. Tropecé con mi falda.

El joven observó su belleza y el vestido de reina que llevaba.

- ¿Nos hemos visto antes?

-  Me parece que en sueños…

- ¡Cierto! Ya la recuerdo.

   Entonces, otro inmortal aburrido, les traspasó el corazón intrigado con la violenta historia de amor que estaba haciendo nacer en esa misma esquina.

  Como si hubieran bebido un elixir, ambos cayeron fulminados por un repentino amor. Creyeron que hacía siglos que se conocían y que, vida por vida, se buscaban soportando un enorme y pesado aburrimiento hasta encontrarse y reconocerse.

  Y la novísima historia de amor que comenzó con un esposo abandonado, una esposa fugitiva dueña de un único vestido, y un joven dedicado a recorrer los sueños imposibles de las chicas…se afirmó en una huída constante, durmiendo ambos en hoteles oscuros, en playas o en bosques. Ella no se aburrió más y él dejó de robar sueños. Pero el tiempo se dejó sentir.

Ella comenzó a decaer en tanto él seguía igual a sí mismo, extraordinariamente hermoso.

Hasta que un día ella le dijo “no puedo seguirte más, me faltan las fuerzas” . “ Pero yo no te dejaré nunca “, respondió él.

Como Tristán, él le regaló un perrito y, como Isolda, ella le dio un anillo..

-         Ahora debieras irte. Este perrillo me cuidará.

Pero él no se fue. Porque ésta es otra historia, distinta a la de Tristán e Isolda. Se puso el anillo y la cuidó con devoción.

 

 Y ocurrió, mucho tiempo después, que ella soñó con su madre, quien le dijo: “Es preciso que sepas quien eres. Tu no morirás como yo. Nunca te dije quién había sido tu padre. Ahora debes saberlo para recordar tu verdadera naturaleza”.

   Y le confesó que una noche soñó con un joven dios que la poseía. Sólo que no era un sueño, y el tal dios, descuidado, al preñarla, la metió en un lío terrible y la condenó a ser madre soltera y a trabajar de modista hasta que la hija creció y tomó su lugar.

Con un beso en la frente la madre se fue desvaneciendo.“Ahora, hija mía, sé feliz”.

 

   Y bastó recordar: la modistilla recobró toda la fuerza y la hermosura, quedándose para siempre, de igual a igual, con su amado semidiós.

 

 

“Así no vale” pensó Eros. “La felicidad eterna no hace historias”.

(Con todo, hubo un marido desafortunado y muchas chicas que no soñaron más).

 

                                Ángela Cáceres Quintero

  


                            El Bosque


   En el linde conocido del bosque se abría un claro de hierba fresca lleno de flores silvestres. Allí  estaba la casita que, a veces, se llenaba de niños. Una escuela inventada por una mujer que hacía cuentos. Si ellos aprendían algo o mejor dicho, recordaban algo, lo descubrían en plena libertad.  Llegaban cuando podían, se iban cuando querían.
El bosque tenía fama de inmenso, posiblemente ilimitado, porque nadie sabía donde terminaba y nadie quería saber.
   Se decía que en alguna parte había una vivienda abandonada, cubierta con restos de mazapán y chocolates amargos. Posiblemente en la zona más boscosa, como un bosque dentro de otro. En realidad nadie conocido la había visto, nadie que recordara audaces paseos entre los apretados pinos y cipreses, tampoco. Por ello los niños llegaban por el linde esquivando la tentación de internarse entre aquellos árboles. Por ello, también, el bosque alimentaba sus fantasías.
   La casita, dos plantas de madera clara, rústica  e irresistiblemente hermosa, como levantada más por sueños e imaginaciones que por arduas manos, parecía abrazada por un balcón donde la dueña se instalaba en una mecedora aguardando a los niños.
   Esperaba sin ansiedad,  en su vida ya no había prisas. Cuando los niños aparecían tomados de las manos, se asomaba enviándoles besos y bajaba casi flotando para abrirles la puerta. Y las clases comenzaban en cualquier rincón de la casa, sobre alguna alfombra mullida o sobre los almohadones de telas suaves cuyos colores se desvanecían en olvido del azul francés o del violeta. A veces la contadora de cuentos elegía el silencio  y aprendía de los niños. Ellos la llenaban de sus propias historias cotidianas, hablaban de sus padres y de sus abuelos, de sus travesías para llegar hasta ella. Y parecían de pájaros sus voces. Pero cuando ella narraba sus cuentos, leídos, escuchados o inventados, el silencio y la quietud de los niños la envolvía, sin nada más que el soplo largo de las respiraciones.

   En sus sueños, alguien que no era un niño, la visitaba siempre. Y en la vigilia, ella lo esperaba siempre, también. En vano.
   Solía preguntarse si él sería real, si existiría con la plenitud con que aparecía en sus aventuras nocturnas, detrás de sus párpados. Nunca la confundía, idéntico a sí mismo.
    Y estaba segura de que si él la visitara de día, despiertos ambos, sabría reconocerlo.

    Una tarde, rodeada de sus niños, mientras, después de escuchar al viento que también  contaba historias, repartía almendras bañadas en chocolate, le anunciaron la visita de un inspector. “Un inspector…¿de qué? No puede ser”, pensó.
   El hombre, envuelto en un sobretodo amplio, entró de inmediato anunciando que venía de la ciudad más próxima.
-         Vengo a observar su trabajo con estos niños.
-         Pero si mi casa no es una escuela. Aquí se juega, nada más. 
   Había pensado que lo reconocería pero no fue así.  El rostro estaba oculto por la sombra de un sombrero de ala muy ancha y fuera de moda. Pero fuere quien fuere, le fue imposible discutir y le señaló un asiento.
-         Mire y escuche cuanto quiera.
  Los niños reían ignorando al inspector y preguntaban si las almendras eran de la casa misteriosa del bosque.
-         Claro que no. Jamás estuve cerca de esa casa y espero no estarlo nunca.
  En un instante la cubrieron de besos aquellas boquitas  bañadas de chocolate como las  almendras y se armó un revuelo  de saltos y risas  y así salieron y se alejaron de la casa.
Y la contadora de cuentos quedó a solas con el inspector sin saber qué decir.
-   Tomaría una taza de te – dijo él, quitándose el sombrero.
-   ¿Un inspector de qué? ¿De escuelas? Mi casa no es una escuela.
-   Parecería que si.
-   Los niños me visitan cuando quieren y nos contamos cuentos. Ellos a mí, yo a ellos, nada más.
-   No se preocupe. Soy un inspector de sueños.
Atónita, lo miró bien y lo reconoció. Nunca imaginó que sentiría miedo.
-         No te asustes de mi – dijo él tomándole una mano.
Ella la retiró, temblando.
-         Voy por el te –dijo.


Bebieron en silencio.  Él de su taza de te. Ella de una copa de licor.
-         Pensé que me conocerías – dijo él.
-         Eso creí.
-         Me has desencantado.
-         Lo siento.
-         ¿Por qué tienes el pelo estirado, a un costado? En los sueños no te veo así.
-         Me molesta mi pelo rizado.
-         Entonces no eres auténtica.
   Se levantó y tomó el sombrero.
-         No hay nada más que decir.


Lo vio alejarse de la casa sin volverse y entrar en el bosque.
Quedó helada, con un dolor inmenso, sintiendo que había perdido algo maravilloso.

A la noche cenó apenas, se preparó para dormir y cruzó el balcón con el cepillo de dientes en la mano. Se sentía incorpórea como si ella misma no fuera nada más que su camisón de seda. Al pasar le pareció que algo se movía en el linde del bosque.
Se sentó en el borde de la cama y, ya descalza, sintió que tenía que volver al balcón.

   Él era una silueta sombría, inmóvil, bien delineada entre el bosque y el jardín de la casa. Ella pensó “me ha perdonado”  y se apoyó en la baranda con una alegría que la desbordaba. Y allí quedó dejándose invadir, llenándose los ojos con su sombra.
    
                                                            Ángela Cáceres Quintero



ESTUDIANTES INCONVENIENTES

                Criaturas del amanecer, flotaban en el horizonte vestidos por el sol que crecía y parecían estar bien allí, con cierta bienaventuranza, como si no existiera la posibilidad ni el mandato de elevarse, o perderse en las incandescencias del mediodía , o hundirse, hechizados, en las oscuridades disimuladas del atardecer.
    Era un don, una exquisita gracia poder mirarlos. Apreciarlos, saborear su inconsciente belleza sin envidia. Porque él hacía un tiempo que sólo podía cabalgar en los fulgores del poniente.
   " Es bueno así, la certeza de que la vida sigue. No porque me lo hayan dicho sino porque puedo verlo. Quizá, algún día, vuelva yo también, gozozo por la levedad, sin recordar nada" , se decía. Nada le encantaba más que la levedad desde que su cuerpo había comenzado a encogerse y volverse pesado. Sus coyunturas solían quejarse, la línea vertebral protestaba y todos sus músculos languidecían de nostalgia por sus tiempos de saltos y velocidades. "Nadie prometió que no vendrían los cambios ni el cansancio. Ahora el dormir  es más breve aunque las noches más largas. Ahora el sueño no me repara tanto...pero, si no me lamento delante de los espejos...hasta me parece bien. Mientras quede un tanto de luz...quiero mantenerme alerta ". Sin embargo, el espíritu del sueño lo tomó por más tiempo esa noche y lo arrastró hasta la vieja casa de sus padres, casa inexistente ya, y lo dejó caer en la maleza que había asfixiado los parterres florecidos, el anciano sauce y el sendero bordeado de álamos todavía pequeños. Tal como lo viera por última vez, con los ojos plenos de lágrimas. En esa casa había sido  estudiante, maldito, complicado. Su padre lo maldecía por salvaje, por preferir las ramas a los sillones, la hierba a la cama, por no sufrir vértigo bajo las estrellas, por explorar las inmensidades frontalmente, por amar al gato montés que se había posesionado del jardín y por parecerse a él. Y en nada a su padre, que maldecía en voz muy alta para que el hijo escuchara y se tragara sus maldiciones. Pero el hijo no las temía ni las tragaba, las ignoraba por santa ignorancia, de manera que cada día se volvía más salvaje, en tanto su padre paladeaba y se bebía su propio veneno.
    La madre, casi inexistente, amaba distraídamente al hijo, con unción de mariposa, sin sentir al montés como su rival porque ni se daba cuenta de su presencia. Para ella el jardín no era más que un conflicto entre malas hierbas, malezas incipientes y flores comedidas. Solía deslizarse por los senderos enarenados bajo un sombrero inmenso y regadera en mano, la podadera en el bolsillo del delantal. Y su otro reino era la cocina. Allí desplegaba atención y con la mágica ayuda de sus especias y hierbas aromáticas, expresaba su amor desprovisto de palabras, honrando con delicias los sentidos del esposo y del hijo. Su voz era un misterio.
    Pero llegó el tiempo de ser un estudiante como todos, sujeto a programas tan alejados de sus intereses como las estrellas. Jugó, entonces, a estudiar de otra manera, sin someterse. Los compañeros lo encontraban aburrido algunos, otros enigmático. Las muchachas lo espiaban por bello y distante. Los líderes, que no lograban entusiasmarlo con nada, lo tenían por opaco y reservado. Pero los profesores lo distinguían aunque hubieran deseado atraparlo en alguna torpeza. Demostraciones, manipulaciones, escritos eran inobjetables y brillantes. Pero más allá de la tarea en la clase, el chico se mantenía salvaje y silencioso. Alejado, imperturbable como lago de montaña y guardando su voz como la madre.
    Un día algo comenzó a cambiar. Pudieron ser las maldiciones del padre, o alguno de los juegos del destino. Aunque su historia era todavía breve y sus emociones sanas...algo generó, quizá, su cierto orgullo. El inaccesible, el imperturbable fue entrando en un estado de azoramiento casi perenne que lo crispaba aún más al intentar hacer una exposición en clase. La primera conmoción la tuvo al echar de menos una de sus lapiceras, la preferida, y el cuaderno de apuntes. Seguro de que los llevaba consigo al dejar su casa y sintiéndose muy apenado por ambos, perdió pie. Mientras los profesores de turno disertaban, la atención se le escapaba y detrás las manos, revolviendo los bolsillos del pantalón, de la campera, mirando bajo su pupitre o dando vuelta la mochila una y otra vez. Así disparado no escuchaba a ningún profesor que intentara interrogarlo, quedando silencioso, la cabeza baja, absolutamente lejos de la clase.  Y lo malo fue que, al volver a casa más temprano, al buscar la llave en el bolsillo sacó la lapicera, y en la mochila que creía vacía, al fondo, yacía su cuaderno de apuntes. Como la madre jamás escucharía el timbre y como el padre andaba fuera en sus negocios, hubo de entrar por una de las ventanas. Cuando llegó a su cuarto quiso alegrarse con su cuaderno y su lapicera pero sólo encontró la llave en su bolsillo y la mochila otra vez flaca y vacía.
    Esto no fue más que el comienzo. Desde entonces, las tizas se desmenuzaban en sus manos y, si se apoyaba en el pizarrón, si lo tocaba apenas con sus desesperados dedos, la tabla se partía y caía sobre sus pies.  Y con sólo asomarse a los laboratorios, los frascos y tubos estallaban y los cristales volaban peligrosamente alrededor de su cabeza. Consternados, los demás comentaban:
-          Será un castigo por su arrogancia?
-          Si se dignara ser como todos...
-          Tal vez, si se equivocara de vez en cuando...
        Pero nadie, ni los profesores, le mostraban simpatía. Y las muchachas dejaron de admirarlo. Salvo una.
        Y ya no hubo lapicera ni cuaderno que pudiera conservar. También su biblioteca quedó repentinamente vacía porque  los libros volaban por toda la casa sin dejarse atrapar. Y cuando le echó la red a un manual de geología y logró meterlo en una jaula, los barrotes estallaron sobre su cabeza.
        Entonces,el salvaje y soberbio, el silencioso lanzó un grito. Un grito que sacudió la casa hasta los cimientos y que duró varios días, dejándolo exhausto a él, y  aterrada a la madre, sorprendido al padre y alborotados a los vecinos.
        Cuando finalmente quedó sin aliento, los libros volvieron pacíficamente a la biblioteca. Reaparecieron, mansos y sumisos, cuadernos y lapiceras. Se enderezaron los pizarrones y las tizas y los frascos se levantaron del polvo. Y el estudiante quedó libre de la maldición. Pudo hablar fuerte o quedo según quisiera, como todos. Pudo sonreír, mirar a los ojos de las chicas. Ganar y perder. Calificar y descalificar. De manera que cuando, ya menos silencioso y salvaje, fue uno con todos, los objetos lo amaron tanto como las muchachas. Especialmente una.

       "Todos los recuerdos que puede despertar un sueño" se dijo el anciano enjugando sus ojos. Contempló el larguísimo camino de su tiempo   y, de manera inevitable, se encontró con ella. La única. La que sentía compasión por él, la que se alegraba por él...pero que no podía sostenerle la mirada. Volvió a ver los cóncavos y nacarados párpados, dos pétalos ocultando la inmensidad lacustre de sus ojos. Y el  color yendo y viniendo por la hermosa cara.
-          Oh...divina mía – murmuró.
Si ella volviera....si se pudiera escuchar su maravillosa voz contando sus desventuras de estudiante, una vez más, como aquel lejanísimo día, ambos sentados en la hierba, recostados en el cerco recién pintado de blanco, respirando el perfume de las madreselvas.....
Y la voz vino y dijo:
-          Vengo de un colegio muy distante. En realidad, pasé por varios colegios. Yo soy la estudiante loca, según dicen. A mí no me han perseguido maldiciones sino risas. Todavía camino en zigzag, pateando piedras y pelotas porque los caminos juegan conmigo, se burlan, me ponen cosas para que tropiece. Solía llegar al liceo doblada bajo mi mochila y la vaciaba victoriosa sobre los pupitres de los profesores. Yo me divertía y ellos no podían detenerme. Tampoco yo podía detenerme hasta levantar mi alucinante pirámide. Amontonaba ramas, bolsitas de arena o tierra roja, flores frescas y marchitas, caracoles, cadenitas de plata, tarros de dulce de leche, lentes verde-agua,rosarios, malas de la India, lentejuelas, abanicos, tazas rotas, tazas sanas, trenzas, collares, pulseras, diarios de viaje, catálogos de vacaciones, lapiceras de oro, sortijas de boda, cuellos de encaje, botones de diamante, cintas, zapatillas de baile, salvavidas, espejos, esponjas...por enumerar algo. Y siempre terminaba soltando por encima un puñado de plumas que se convertían en pájaros, un pájaro por pluma. Luego, cada pájaro se elegía el hombro de alguien, o alguna mano, o un cráneo, una melena, un pecho...hasta que alumnos y profesores eran totalmente tomados por la bandada. Entonces, los pájaros más sabios se posaban en los pupitres y chicos y profesores salían disparados por los patios   y las clases se daban en los jardines. Mis compañeros felices y los maestros furiosos. Pero el liceo se volvía esplendoroso con tantos pájaros, todos cantando, remolinos de alas y plumas multiplicándose contra las ventanas.....Era muy hermoso pero los grandes no comprendían. Yo no comprendía mucho...pero no podía hacer otra cosa. Después..todo terminaba de la misma manera. Llamaban a mi madre y le pedían que me cambiara de colegio
-           La vivo cambiando, Sr. Director -  decía mi madre – No se qué hacer con ella. Rinde en alguna materia al menos?
-          En ninguna, señora. No atiende a nadie.
-          No será que ustedes no enseñan lo que mi hija querría aprender?
-          Un mago, un payaso, un bailarín serían a propiados para su hija, señora. Pero nosotros somos serios.
       Entonces mi mamá me llevaba a casa y se ponía a buscar otro colegio.
       Yo...me ponía muy triste. Era tan hermoso tomar clase entre pájaros...Pero un día, precisamente antes de que me trajeran a este colegio, sucedió algo. Vinieron todos los pájaros a buscarme y me llevaron muy lejos. Con mochila y todo. Desde el aire pude ver a muchos chicos encerrados en sus aulas, tratando de salvar sus sueños entre malezas de palabras serias.  Fue un viaje tan lindo...Los pájaros me tomaban entre todos: un pico firme por mechón,  otros picos se prendieron a mis tiradores, al ruedo de mi falda,me tomaron por los puños de mi blusa, por la corbata, las manos y los pies. Y yo me sentía como una pluma más! Volamos sobre muchas ciudades, quedaron atrás tejados, cúpulas, cavernas. Finalmente me dejaron en un bosque, muy suavemente sobre la hierba de un claro donde daba el sol y ellos se ocultaron en la espesura. Allí, un hombre de jeans y camisa blanca, parecía meditar. Yo estaba muy cerca de sus rodillas y, aunque me quedé muy quieta y callada, el hombre abrió los ojos y me sonrió.
-          Qué buscas,muchacha? – me dijo, y no parecía sorprendido.
-          No se. Me echan de todos los colegios. A lo mejor necesito alguien que me enseñe.
-          Y qué quieres aprender?
-          No se. Pero, en todo caso...nó lo que enseñan en esos colegios.
-          Puedes mostrarme por qué te echan?
Por suerte yo tenía la mochila conmigo, llena de cosas nuevas. Así que levanté la pirámide sobre la hierba.
-          Me gusta. Qué quieres decir con semejante variedad ? Qué significa tu pirámide?
        Yo no sabía que lo sabía. Pero...apenas abrí la boca para responder....y a medida que hablaba, lo iba comprendiendo.
-          Es por la unidad y la diversidad, señor, Todas estas cosas, dispersas, sueltas por ahí...dicen poco. Pero juntas, unidas, son todo. Quieren expresar la riqueza y la variedad de la unidad.
-          Ah..muchachita – dijo el hombre riendo -   Algún día comprenderás de verdad lo que estás diciendo. Pero..no temas. Vas por buen camino.
-          Y qué tengo que hacer?
-          Sigue enseñando a los que puedan ver. Pero esmérate en aprender,también, con humildad, lo que todos aprenden. Debes blanquear tu juguetona mente hasta que seas capaz de hacerte entender.
       Entonces, el hombre me puso un dedo índice sobre el entrecejo y me trazó una línea de luz hasta el corazón.
-          Aquí, en el corazón, está el verdadero lugar de la inteligencia. Ama más a todos y no te creas distinta. Reúne a los dispersos en tu corazón y no en los pupitres de los profesores. Y...deja que los pájaros sigan siendo tus verdaderos maestros. Ellos le cantan a la luz y también a la oscuridad. Ahora, que ellos te devuelvan a tu madre. Y, en el próximo colegio, entra con la mochila vacía. Cuadernos, lapiceras y algunos libros bastarán. Adiós.
        Entonces...sentí como si me iluminara. Alguien dijo que " lo esencial es invisible ", recuerdas? Así que fui comprendiendo. Si dejo la mochila vacía....se llenará de verdad.
        Así son las cosas. Y ya habrás visto que en este colegio me he portado bien. Ya no soy loca. Pero tampoco cuerda  - terminó, sonriendo -  Creo que tu también tenías algo que aprender, no es cierto?
     La voz  se fue extinguiendo como ,a su tiempo, y demasiado pronto, se extinguió la vida de la estudiante inconveniente y loca.
  Pero el amor creció con ellos y pudieron amarse. Nadie pudo dudar que encajaban uno con otra como pocos amantes. Fue muy triste verla desvanecerse en el horizonte cuando la llamó el atardecer porque venía su noche. Y no hay quien pueda resistir ese llamado. Los pájaros cantaron y se alejaron con ella. Ellos podían seguirla pero él no.
    " Ahora ya soy del poniente. Cuando la noche me llame...quizá la vea con la luz de mi último atardecer" pensaba una y otra vez, en tanto envejecía presuroso.
   Cuando el llamado vino, la luz que palidecía sobre el anciano estudiante  alumbró un cuerpo ya muy doblado y pequeño, como si volviera a niño. No se resistió porque deseaba irse y nacer en otra parte una vez cumplida su cita con la oscuridad. Pero no pudo dejar de volverse hacia el otro horizonte, el del sol naciente donde revoloteaban las almas nuevas. Entonces la vió, riendo y haciendo reír a algunos querubines. " Esto será largo, entonces" ,pensó aún. ".... Yo me voy y ella vuelve..." Y se dejó llevar por la oscuridad, sin esperanza, sin saber que ella, soltándose de los ángeles, se acercó tanto como para mirarlo partir, con una promesa en su corazón.
                                               Ángela Cáceres Quintero


                      DOÑA



     La foto circuló por toda la región, apta para el chismorreo y la invención. Hubo quien reconoció al hombre, a la jaula o corral. Lo único veraz que pudo decirse fue que el armatoste estaba en el campo de la Doña. De tanto llamarla así nadie recordaba el nombre. Los que llegaron a verla decían que era hermosa como una diabla, o una bruja, o como una gran puta sin chulo y sin precio. Porque devoraba a todo peón que por su campo pasara. Los probaba, gozaba y despedía.
     Su padre, estanciero en decadencia de mala fama y peor final, le dejó un campo mas bien pobre, faenada ya la última vaca, y ella  tuvo que rascar y hacer rascar la tierra para sacarle provecho. Eso le gustaba, dicen. Era una trabajadora feroz. La vida le iba en ello.
      Al parecer la “Doña” no le temía a nada y se contaba que, por las noches, se mezclaba con las caballadas fantasmales que aterraban a todos los vecinos de Barriga Negra. Mientras los más se refugiaban bajo sus mantas en el intento de no escuchar los  espeluznantes galopes, ella se zarandeaba montada en pelo  entre los espectros.
       Pero para ese tiempo de charlatanerías, los huesos de la “Doña”, ya pelados, yacían muy hondo en la zanja donde cayó privada de fuerzas. Capas de lodo la cubrieron y esa fue su tumba sin nombre ni cruz.
       La foto desapareció y finalmente no se habló más.

   En la estancia, ya desalambrada, no había más que una grisácea tapera, la casa que hizo levantar el padre de la “Doña” y que, ya finado, ella supo embellecer un tanto, en especial el lugar que se reservó para dormir, lleno de espejos, alfombras y mantas de brocado porque para su lugar de amoríos y pasiones hizo volar la fantasía que retaceaba para todo lo demás. Le gustaba desnudase de a poco y contemplar en esos espejos el cuerpo bello y exuberante que sus atuendos masculinos escondían. Pero cada hombre que fue probando, burdo y acelerado, no se tomaba tiempo para adorar tanta hermosura y ella, nunca plenamente satisfecha, los corría a latigazos. Así fue que, esencialmente sola, terminó adorándose a sí misma.
      Pasaron años, no tantos que opacaran su belleza, y llegó a la estancia un mulato, casi claro, alto y bien plantado, con mota larga y ojos renegridos, con un brillo extraño. Se podía pensar, con aquel brillo, que era un hombre caliente y eso mismo pensó ella al verlo. Pero el resplandor no era de fuego sino de hielo porque era un hombre resentido, con demasiadas heridas a cuestas, incapaz de amar, salvo a su propia sombra.
  La “Doña” le dio trabajo y dedicó mucho tiempo a observarlo, yendo y viniendo entre los surcos, concentrado en el trabajo, sin hablar con nadie.   Y, como quien no quiere la cosa, ella empezó a obsesionarse con él. Era claro que él la esquivaba  y eso la encendió más. Hasta que un día, luego de una prolongada abstinencia, le ordenó entrar en la casa y lo invitó a cenar.
 -   No es lo propio, señora. Pero le agradezco – dijo el mulato, enfilando para el galpón de la peonada. Y así una y otra vez.
    Así fue inevitable que el capricho de la “Doña” creciera.
-   Oiga…¿será que no le gustan las mujeres? – le dijo, saliéndole al paso.
-    Me gustan. Pero yo elijo -  y los ojos centellearon tanto que ella creyó que de fuego pero no era  más que el filo del hielo que él llevaba.
-    Pues yo lo elijo a usted. Entre en la casa.
Él la míró de arriba abajo.
-          Está bien. Usted manda.
Y él fue tal como ella soñara, la con templó sin prisa cuando se desnudaba y se tomó tiempo para desnudarse él.
   Ardió Troya en aquella cama. Pero, al amanecer, cuando la mujer abrió los ojos, el hombre no estaba.
   A media mañana, él apareció y le pidió la paga.
-   Me voy, señora. Yo elijo a mis mujeres.
La Doña, muda, le pagó y se encerró en su cuarto. No quedó un espejo entero.

  Poco a poco fue despidiendo a los últimos peones. Ella moriría pero la estancia también. La casa ya estaba condenada a tapera. Solamente ella dictaba sentencia. Y ella misma aplicaría el castigo.
  Con su instinto afilado llegó el día en que supo donde lo encontraría. Eligió el caballo y salió en su busca.
 
  Lo encontró en un bar con una mocita tierna que podría ser hija de ambos, pero no la miraba como hija, y el fuego había disuelto el hielo en sus ojos.
  La Doña se hizo cargo y corrió a la niña a latigazos y a él le dio varios puntazos en la espalda. Ella sabía cómo herir sin matar.
  Nadie movió un dedo. Nadie se atrevería a llamar al comisario. Por alguna extraña, inmerecida razón, le tenían todos un santo respeto a la Doña. O puro miedo.

   Se lo llevó echado en el caballo, con el aliento corto y la conciencia ida.
   Al llegar a su tierra, lo bajó del caballo y lo arrastró a la jaula. No deseaba matarlo. Las heridas sanarían y él sabría que ella era su dueña.
   En verdad, él sanó. Comprendió y no intentó escapar. Pero no pronunció palabra ni puso los ojos sobre ella. Bebía el agua que le daba, la comida miserable, y vaciaba tranquilo, una tras otra, las botellas que ella le dejaba.

    Nunca se sabrá quien murió primero.

                                 Ángela Cáceres Quintero


LA AVENTURA FINAL DEL Sr. F.

      El Sr. F. hacía tiempo que no soñaba.  O mas bien que, como no los recordaba al despertar, no podía contar ningún sueño. Su mujer , que sí podía recordarlos, los anotaba cuidadosamente desde que comenzó a darse cuenta de que sus sueños formaban secuencias, se continuaban uno con otro, al punto que terminó por convencerse de que vivía dos veces al mismo tiempo. Una vida de vigilia en la que era sin duda la Sra. F. y otra vida, onírica, en la que se mantenía joven y completamente libre. En sus sueños, su vida amorosa era errática y apasionada y tenía que reconocer que no se parecía mucho a  la vida moderada y tranquila que llevaba junto a su Sr. F.
-           Y yo no aparezco en tus sueños? – solía preguntar con cierta preocupación el Sr. F.
-           No. Nunca. Ahí soy otra y no estoy casada contigo. Ni siquiera te conozco.
" Bueno...si ni siquiera me conoce...no puedo ofenderme",se quedaba pensando él.
   Los hijos, ya grandes, se morían de risa con esa madre que, con total inocencia, llevaba una doble vida.
-           Menos mal que mamá no se psicoanaliza. Podría espantarse – comentaba el mayor, armando jarana.
-           A mí no me vengas con esas historias del inconsciente y todo eso. Nadie puede reprocharme nada.
-           Pero te divertís muchísimo cada noche.....
-           Si. Pero sin moverme de la cama.Mi otra vida transcurre entre los brazos de tu padre.
-           A mí me parece estupendo que mamá conozca emociones fuertes y que, aunque sea en sueños, conozca otros hombres. Ha tenido una vida demasiado ordenada – opinaba la única hija, la menor de los tres.
       Así pasó mucho tiempo hasta que un día el Sr. F se sentó en la cama con gran ímpetu al despertar. Miró a su mujer que dormía con una sonrisa a su lado, apenas iluminada por la suave luz primeriza de la mañana.
   Por un instante, desconoció a su esposa. El cielo de su mente había sido absolutamente tomado por una cara resplandeciente.   Como si un sol extraño se le hubiera metido en los ojos. Era una cara de mujer asombrosamente blanca y hermosa, con iris azules como lirios y pupilas dilatadas, tan profundas que inquietaban.
   A medida que la visión se fue desvaneciendo, el Sr. F reconoció, no sin asombro que, por fin había soñado o que podía recordar algo de un sueño.
   Impresionado como estaba...estuvo a punto de comentar su extraordinaria visión a su mujer y hasta a sus hijos, pero algo lo detuvo. Nunca había tenido un secreto y , de pronto, le pareció muy sabroso tener uno. Nada menos que una bellísima mujer dentro de los ojos.
   Vivió ese día entre turbado y un tanto ciego.
-           Estás muy distraído hoy. Te pasa algo? – le preguntó varias veces su mujer.
-           Nada. Qué me va a pasar? –respondía él.
Se acostó nervioso preguntándose si volvería a soñar con la cara maravillosa. Y ocurrió que, no solamente volvió a soñar, sino que vió a la mujer de cuerpo entero, paseando muy serena    por el cielo de su mente.   Primero la divisó muy tenue, envuelta en una ropa traslúcida,evanescente y clara, tal como si fuera lo que imaginaba como ángel.  Pero luego la imagen se volvió más diáfana y el vestido de la mujer se fue volviendo azul  profundo. Un azul que la siguió cubriendo hasta que su misma cara se quedó también azul.
   El Sr. F. volvió a despertar maravillado.  Y decidió conservar su secreto un poco más. De pronto sintió que su vida se renovaba, como si renaciera o si se estuviera volviendo joven.
   Al tercer sueño caminó con la mujer por un campo deconocido cubierto de flores amarillas. Creyó reconocer las flores de mostaza que llenaban la quinta de su padre cuando era niño. Pero el campo del sueño no era la quintita de su padre. Era un campo sin fin, interminable como el horizonte violeta. La mujer no habló y él tampoco. No sabía que en sueños podían percibirse los perfumes pero la mujer olía a incienso y, por un segundo, un impulso de la brisa le hizo sentir algo de su pelo azul en la mejilla. Caminaron mucho sin llegar a ninguna parte...salvo a su propio despertar, abrupto y sentándose en la cama.
   Y así varias noches, caminando cada vez más tiempo y más lejos pero sin más destino que el despertar.
   Sabe Dios cuanto hubiera seguido así, dichoso de soñar, desencantado al despertar y alucinado con su secreto. Pero una tarde, al mirarse en el espejo del baño para afeitarse, en lugar de su cara, vió la cara completamente azul de la mujer de sus sueños.
    Entonces, comenzó a inquietarse. Si la mujer se salía del cielo de su mente...qué podría pasar? Y si tomara su casa, si se dejara ver por su esposa...qué pasaría con su preciado secreto y, sobre todo, con su ordenada y apacible vida?

   Pero la mujer, si bien escapó del cielo de su mente, no se dejó ver por nadie más que por el Sr. F. y, aún así, con muchísima delicadeza. A veces no era más que un repentino fulgor azul en la ventana, otras se deslizaba por un segundo en el pasillo dejando una ligera estela azulada.
Pero, las más de las veces, era un relámpago en los espejos. Con el paso del tiempo se fue dejando ver más y mejor, al punto que el Sr. F. navegaba y se perdía en los ojos de su aparecida. Un día sintió que se ahogaba en ellos y sintió pánico, pero ella lo devolvió a la orilla de sus iris, sano y salvo.  Desde entonces él evitó sostenerle la mirada.
   En tanto,la Sra. de F. seguía soñando y recordando sus sueños, como siempre. Sin embargo,algo empezó a cambiar. Los hijos, en especial la hija, advirtieron que no solamente los comentaba menos, sino que se la veía taciturna. En la cocina dejaba correr el agua con la mirada perdida o , de pronto, se quedaba con una vaina de arvejas en la mano, como congelada y ausente.
-           Mamá, qué te pasa?
-           Cómo? Ah...nada, hija.
-           Y tus sueños?
-           Bien. Gracias.
-           Ya no te divierten?
La Sra. de F. se quedó mirando delante de sí. Y demoró en contestar.
-           No  - y  sus ojos se llenaron de lágrimas.
La hija llenó un vaso con agua fresca.
-           Tómalo, mamá. No querrías hablarlo conmigo?

La  madre se sentó y, tomando de a sorbos el agua, dijo:
-   Mis sueños fueron mucho tiempo alegres y aventureros. Caminé y bailé con muchos hombres encantadores. Era como si en mi otra vida viviera otra juventud. En esta vida me casé muy joven...ahora creo que demasiado joven   y a tu papá no le gustaba bailar. Ahora....todo cambió. Hace muchas noches, ya no se cuántas, que sueño el mismo sueño.
-           Por qué ya no es divertido? Bailas con alguien que no te gusta?
-           Ya no hay bailes en mi sueño. Sólo hay un hombre. Creo que siempre es el mismo...aunque no puedo verle la cara. Corre todo el tiempo delante de mí. Y yo corro detrás pero no puedo alcanzarlo. Y por alguna razón siento un terrible amor por ese hombre. Y muchísimo dolor. Si, hija, siento amor por un hombre desconocido y cuyo rostro no he visto. Tal vez lo conocí en otro sueño y lo he olvidado. Pero el amor y el dolor escapan al sueño.   No se extinguen cuando despierto. Todo el tiempo siento como una mordedura en el corazón y...ya no puedo mirar a tu padre a los ojos. Ahora mismo... me siento morir.
        Y la Sra. de F. se echó a llorar en el regazo de su hija.


         Pasó y siguió pasando el tiempo...y los tres hijos cada vez más alarmados, con un padre  que hablaba cada vez menos y parecía quedar dormido frente a los espejos, y con una madre que lloraba por los rincones.
         Llegó la primavera y los zorzales más que cantar parecían gritar en el jardín. La hierba, los árboles, todo salía del letargo menos el Sr. F. Y la Sra. de F. que siempre se había mantenido hermosa, parecía marchitarse día tras día. Bajo un sombrero inmenso, trabajaba en el jardín, rastrillaba, acomodaba la tierra, sembraba...o al menos lo intentaba, porque las semillas se le caían de las manos y rodaban al acaso y se quedaban donde querían ellas porque la sembradora no tenía voluntad.
   A veces, pocas, ante la sorpresa de los hijos  ya que la madre no se daba cuenta de nada, el Sr. F. decía cosas extrañas, quizá cosas que ni él sabía que había querido decir siempre.
-           Papá está enfermo – dijo el hijo mayor.
-           No. Está envejeciendo. Muy rápido – dijo el del medio.
-           Ustedes no saben nada de nada. Papá tiene un secreto. Un secreto que lo está comiendo – dijo la hija.
-           Cómo lo sabes?
-           No se. Pero soy mujer. Las mujeres nos damos cuenta de esas cosas.
       Un atardecer cálido, en que  estaban cenando cerca de una ventana abierta sobre el jardín, el Sr. F. rechazando la sopa, preguntó de repente:
-           Alguien me cantó alguna vez para hacerme dormir?
Los hijos se miraron sorprendidos.
-   Ah...es triste que no se pueda recordar a la madre – siguió diciendo el Sr. F. -  Pero estoy casi seguro de que nadie me cantó. Tampoco me contaron cuentos antes de dormir. Y cómo deseaba yo que me contaran   algo ...misterioso, algo mágico antes de dormir. Las esposas tampoco cantan, ni hacen cuentos antes de dormir.
   La Sra. de F. continuó con la mirada perdida sobre la sopa que se enfriaba.
   El Sr. F. se levantó y se alejó de la mesa, los ojos fijos en la ventana.
-           Qué fue lo que se movió allí? En el jardín.
-           Un pájaro, me parece – dijo la hija – Pero... hay pájaros azules?
-           Un pájaro azul...? Entonces tengo que salir. No debe alejarse.
-           Papá...quién podría detener a un pájaro?
-           Por favor...traigan una red...Nada azul debe escapar de esta casa!
       Y el Sr. F. salió al jardín donde bajaba la noche, y donde todo se había puesto azul, de pronto.
-           Quiere dejarme. Ya no me deja ver su cara. Sólo deja rastros azules...y ahora se ha convertido en un pájaro que  escapa.....
       Los tres hijos se miraban consternados.
-           Tal vez no era un pájaro. Algo se movió entre las ramas del ciruelo y me pareció... -  dijo la hija, de repente espantada.
       Pero no pudieron detenerlo cuando el Sr. F. les dio la espalda y se internó corriendo en el jardín. Su campera abierta se agitaba como una extraña señal de despedida.
-           Papá! Dónde vas?
-           Nadie puede venir conmigo...Arriba, en el escritorio les dejé algunas cosas para que me recuerden....relojes, lapiceras,pañuelos, gemelos...retratos...y algunos libros de cuentos – les gritó el Sr. F. sin  volverse y sin dejar de correr -  No dejen de contar cuentos de hadas a los niños, ni dejen de cantar suave por las noches....Y cuando todo sea azul....no se resistan......No se resistan.....
        Entonces la Sra. de F. lanzó un grito. Un grito que congeló al tiempo, un grito salido del más herido corazón  y, con el pecho sangrando, corrió y corrió sin poder alcanzar al Sr. F. hasta que éste cayó desplomado sobre la hierba azul.
                                                                         - Angela Cáceres Quintero-